Unamuno, el primer nudista de Fuerteventura

Llegó a sentirse tan libre que sólo en esta Isla se mostró como era, cautivador y amigo de sus amigos

10.10.2013 | 13:58
Unamuno, el primer nudista de Fuerteventura
Unamuno, el primer nudista de Fuerteventura

Sólo pasó en Fuerteventura cuatro meses menos tres días, pero este tiempo de destierro, en realidad fue sobre todo un inmenso regalo para él y también para los majoreros. La presencia de este gran intelectual y reconocido escritor vasco colocó a la Isla en el mapa de la cultura mundial; de esta tierra y de sus gentes se empezó a hablar bien en los foros literarios de Madrid, París y Buenos Aires.

El 12 de marzo de 1924 llega a Puerto Cabras el insigne profesor de Griego y rector de la Universidad de Salamanca, Miguel de Unamuno. El dictador Primo de Rivera, con el que había mantenido y mantendrá notables diferencias, había ordenado no sólo la destitución de sus cargos docentes sino su marcha obligada hasta lo que consideraba como el lugar más inhóspito y alejado al que se podría enviar a un intelectual de la talla del escritor vasco.

Hasta entonces, la idea generalizada que se tenía de esta tierra y de los majoreros resultaba excesivamente pobre y mezquina. El catedrático de la Universidad de La Laguna, Marcial Morera, considera que hay que hablar de una isla antes de Unamuno y después de él. “El escritor vasco logra situar a Fuerteventura dentro del mundo literario internacional; el resto de islas, contaban con autores de prestigio, pero nosotros no”.

Durante muchos años, Fuerteventura debe cargar con el sambenito de isla pobre, seca, esquelética, un cacho de terreno largo, estrecho y despoblado, y lo peor, sobre los majoreros se llega a decir que son brutos, holgazanes, y que están llenos de supersticiones.

En esta línea, el inglés George Glas los define como “gente de gran estatura, robustos, fuertes y muy morenos. En el resto de las Islas Canarias son considerados rudos y toscos en sus maneras: creo que esto es cierto; pues por lo que he tenido oportunidad de observar en ellos, parecen avaros, rústicos e ignorantes”. Así quedaba consumada la particular leyenda negra de Fuerteventura, que tal como recoge el majorero Marcial Morera “muchos de estos tópicos perduran hasta hoy mismo, como se observa con refranes del tipo “majorero y burro negro, de ciento sale uno bueno”, que circulan por todas las islas”.

Y frente a esta descripción, chata, utilitaria y despectiva, Unamuno va a presentar una isla mucho más trascendente, mucho más metafísica, y tan cautivadora que no se cansará en sus poemas y cartas de destacar la fuerza, la viveza y hasta el enamoramiento que sintió por Fuerteventura y por sus entrañables amigos majoreros: “Y en este suelo, escueto, arraigado en las piedras, gris y enjuto; como pasó el abuelo pasa el nieto, sin hojas, dando sólo flor y fruto”.


Sus baños de sol
Cuando llega a la isla se hospeda en el hotel Fuerteventura, donde hoy está su museo, y entonces era una calle principal. A saludarlo y darle la bienvenida acuden los hombres principales de la escasa burguesía de Puerto: el funcionario Francisco López, el joven pescador Antonio Hormiga, el párroco Víctor San Martín y entre todos destaca Ramón Castañeyra, con el que llegaría a tener una gran amistad.

Para ellos, la presencia cercana de Unamuno supone el gran acontecimiento, es un honor disfrutar de su compañía y de sus comentarios, irónicos o no. A la entrada de la vivienda de don Ramón se formará una animada tertulia, se habla de política, se leen artículos de los periódicos que siempre llegan con una semana de retraso y también se comentan las cosas mundanas que suceden en la capital.

Muy pronto, el serio profesor de griego se encuentra cómodo, vivo, tan feliz y libre que hace todo aquello que le apetece. Descubre el excelente clima de la isla, y lo bien que está resultando su ‘destierro’ y así lo cuenta en artículos y en las cartas que envía a sus familiares y amigos.

En el periódico Nuevo Mundo de Madrid asegura: “En mi vida he dormido mejor. ¡En mi vida he digerido mejor mis íntimas inquietudes! Estoy digiriendo el gofio de nuestra historia [...]”. También dice “El clima ardiente de Fuerteventura pone en la naturaleza un gesto sediento, pero grato y sano”. Sus alabanzas al buen tiempo y a lo agradable que resultaba tomar esos baños de sol completamente desnudo lo convierten en el primer nudista de la isla. Conocidas son las anécdotas que circularon entre don Miguel, como se le llamaba habitualmente, y el dueño del hotel en el que residió esos meses.

En una ocasión, Francisco Medina, “su posadero”, le llamó la atención sobre las quejas que estaba recibiendo por parte de vecinos, que al salir a sus azoteas se encontraban con el espectáculo “indecente” de ver al escritor totalmente en “cueros”. Ante esta regañina, siempre contenida (nadie se atrevía a mostrarse excesivamente crítico o molesto con su forma de actuar o con los comentarios que hacía), Unamuno le contestó: “Yo no los miro. Que no me miren ellos a mí”.

Y en esta respuesta también se delata el carácter severo y seco que siempre tuvo, sobre todo cuando los planteamientos de los interlocutores le parecían absurdos o intransigentes.


Impone modas
A lo largo de esos cuatro meses en los que permanece en Fuerteventura, no sólo llena su tiempo con paseos por Playa Blanca, baños de sol y entretenidas tertulias en la casa de Ramón Castañeyra, también recorre los pueblos de la Isla. Sobre todo queda gratamente impresionado con Tindaya y Montaña Quemada.

Le fascina, y no duda en probar el gofio, y el queso, y las ricas cabrillas. Para don Miguel, el tiempo que pasó en la Isla fue un regalo inesperado, sobre todo cuando la intención de los que ordenaron su destierro era precisamente que sufriera, que se sintiera como un preso en una cárcel de arena. Para él fue todo lo contrario y también para los majoreros, como maestro y padre intelectual que se le considera, el escritor se convierte en modelo a seguir. Así, se imitan algunas de sus costumbres cotidianas, como la de no usar sombrero, tal y como cuenta Pérez Naranjo: “Todos nosotros al verlo siempre destocado, con aquel pelo entero y el aspecto saludable, resistiendo a pie firme, sobre la cabeza, el rigor de los rayos solares, nos avergonzamos un poco pensando en su edad ya avanzada. Entonces decidimos no usar sombrero. Era un sabio y conocía el valor de la luz solar. Por lo visto, las insolaciones no podían con él”. Esta moda empezará pronto a extenderse al resto de la población, que terminará por erradicar el uso del sombrero de su vida cotidiana.

Una vez que se marcha a París, sigue manteniendo correspondencia con varios de los amigos que dejó en Canarias, y así le escribe a Ramón Castañeyra: “Me preocupa mucho esa isla, me preocupa mucho lo que tengo que hacer para pagarle mi deuda de gratitud. Lo que he de escribir sobre ella en una obra que aspiro a que sea una de las más duraderas de mi tierra nativa… ¡Ah! ¿Cuándo volveré a ver esas peladas montañas desde la mar en una barquita de Hormiga? ¡Qué raíces echó ahí mi corazón!”

Muchos años después de su muerte, se le rendirá un homenaje en Puerto del Rosario. Familiares de su gran amigo Ramón Castañeyra, con el que mantuvo una correspondencia durante 12 años, hablarán de la estancia del escritor en la capital majorera. En 1980 se inaugura en Montaña Quemada el monumento con que el Ayuntamiento de Puerto del Rosario, el Cabildo y otras instituciones quieren mostrar su estima por el escritor, con homenajes paralelos en Salamanca, La Laguna, Las Palmas de Gran Canaria y Puerto del Rosario.

Para un estudioso de la influencia de Unamuno en la sociedad majorera, como el catedrático Marcial Morera, “lo que encandila el espíritu de nuestros paisanos no es sólo agradecimiento. Es que también eran perfectamente conscientes de la valía personal e intelectual de don Miguel, sobre todo en aquella sociedad, pobre y con tantos sambenitos a cuestas”.

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