LP CONFIDENCIAL ALEJANDRO ZABALETA
César González-Ruano facturó hace muchos años un magnífico artículo periodístico a cuenta de un burro que apareció en el servicio de objetos perdidos del Ayuntamiento de Madrid. El maestro contaba con su talento, pero también con dos circunstancias extraordinarias que jugaban a su favor: que el asno no podía desdecirse o exigir rectificaciones y que no tenía jefe de prensa.
El ministro Corbacho sí tiene uno, empeñado en recuperar para el presente las férreas maneras de la Stasi. Hemos podido ver cómo este jefe de prensa reprendía y amenazaba a un periodista por hacer ni más ni menos que su trabajo, por preguntar sobre cuestiones de interés y actualidad. Ya le dijo al informador que se enteraría de su nombre para impedirle que volviera al Ministerio. Yo creo que al que no deberían dejar volver al Ministerio es al amenazante, que seguro estará más a gusto en su casa viendo reportajes sobre la caza de brujas de McCarthy o sobre el proceso a los espías atómicos Julius y Ethel Rosenberg.
Informadores y gabinetes de prensa somos cooperadores necesarios en este mundillo, aunque nuestros intereses no coincidan las más de las veces. Hasta ahí, todo bien, y uno a lo largo de los años los ha conocido de todos los colores y talantes, casi siempre buena gente. Hay políticos que se regocijan en contar con todo un departamento de prensa y comunicación, mientras que otros prefieren descargar estas tareas en una o dos personas de su confianza. Sea cual sea la fórmula, no cuenta tanto el número de personas como sus maneras, en un trabajo que por lógica va a estar marcado por un cierto nivel de tensión con los que nos situamos al otro lado de la información.
A veces ocurre que hay políticos fieros con jefes de prensa encantadores y políticos encantadores con jefes de prensa fieros, en una especie de ley de compensación de polis buenos y polis malos. Yo entrevisté a Celestino Corbacho hace unos meses y me causó la impresión de un hombre amable y de buenas maneras, dispuesto a hablar con calma y sin cortapisas ni condiciones. Hablamos en la terraza del hotel Santa Catalina largo rato, mejor dicho larguísimo rato, porque la entrevista empezó de tarde y acabó de noche. Es obvio que uno de los principales activos de los políticos es su imagen, y es obvio que alguien ha causado un daño a la del ministro de Trabajo e Inmigración. Alguien contratado, y ésa es la paradoja, para mimar esa imagen.