CHARO ZARZALEJOS
Las características del terreno y, probablemente, la propia colocación del explosivo dentro de la furgoneta de la muerte, evitó el auténtico objetivo de ETA, que no era otro que causar una masacre en Burgos. De haberse producido, las consecuencias hubieran sido, quizás, equiparables al horror del 11-M y los terroristas de ETA hubieran escrito una página más impregnada de sangre inocente. Apenas veinticuatro horas después falló la fortuna y dos guardias civiles caían asesinados en la otra punta de España, en Mallorca.
Es el ministro de Interior el que ha alertado de su peligrosidad, precisamente por su propia debilidad. La ETA de hoy no es la de los años ochenta en cuanto a infraestructura y capacidad de movimiento, pero en su esencia es la misma. Tan cruel, tan bárbara que algunos de los veteranos, y ya alejados y críticos con la bestia que pusieron en marcha, se llevan las manos a la cabeza. "No era eso", dicen algunos de ellos. Lo cierto es que ETA está ahí, sabedora de que el Gobierno le va a hacer pagar caro la ruptura de la última tregua y sabedora, aunque lo disimule, que nunca va a conseguir sus pretensiones.
Ninguna reflexión que se haga desde la democracia les va hacer modificar su propia historia. Son ellos mismos los que tendrán que pensar cómo y cuándo quieren acabar, porque siendo verdad que ETA es un problema cruel para la democracia y para nosotros los ciudadanos, el problema de su final es, debe ser, "su problema" y mientras no se convenzan de ello poco o nada cabe esperar como lo están eviden- ciando en estas últimas horas. Sin embargo, desde la democracia caben algunas reflexiones.