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LA DESCONEXIÓN TOTAL

"El amo tomó el mando que todo lo puede y presionó el botón de encendido. Hacía mucho que no lo acariciaba con sus dedos. La mole de pantalla semiplana y trasero inabarcable, otrora reina indiscutible de aquel hogar, parpadeó con un ligero bostezo y abrió definitivamente los ojos... "

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LA DESCONEXIÓN TOTAL
LA DESCONEXIÓN TOTAL MONTECRUZ

CARLOS DOMÍNGUEZ URDIALES El anuncio de que la desconexión analógica definitiva y el consecuente paso a la emisión de la señal por TDT se retrasaba hasta el diez de agosto le recordó que, frente al sofá de su casa, él también tenía un aparato de esos.

Un aparato con una pantalla bañada en gris perenne, cubierto de un silencio que era mitad precaución y mitad tristeza. Tristeza por el abandono sistemático del que era objeto, precaución porque esa máquina ya había visto demasiadas veces a otros electrodomésticos desaparecer por la puerta para no volver más nunca. Malditos ordenadores, que convierten en obsoleto lo funcional y a todos hacen sentirse inútiles con su sórdida presencia.

El amo tomó el mando que todo lo puede y presionó el botón de encendido. Hacía mucho que no lo acariciaba con sus dedos. La mole de pantalla semiplana y trasero inabarcable, otrora reina indiscutible de aquel hogar, parpadeó con un ligero bostezo y abrió definitivamente los ojos.

El señor de la casa ordenó hasta ocho veces el cambio de canal. Repitió el recorrido a la inversa, del ocho al uno. En una cadena, dos tertulianos se juraban fidelísimo odio y se ofrecían mutuamente sendas galletas bien dadas que nunca llegaron a repartirse; al menos frente a las cámaras. Cambió de canal.

En el siguiente, un corrillo de opinadores profesionales (¿no era ése uno de los que ofrecía cachetones en la otra cadena? ¿Existe acaso el don de la ubicuidad?) indagaba con fingido interés en la vida privada de una completa desconocida, no sólo para los tertulianos sino muy posiblemente también para los propios espectadores. Volvió a presionar el botón del poder omnímodo.

Una señorita de buen ver preguntaba por el nombre de un fruta, de cuatro letras, que empezara por P- y terminara por -ERA. Prometía un automóvil a quien mandara la respuesta por mensaje SMS.

Recordó entonces por qué no solía encender aquel cacharro. Ya fuera por vía analógica, digital o por tam-tam, para él la desconexión televisiva se había producido hacía ya muchos años. Apretó el botón de apagado.

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