DONINA
ROMERO
Desde luego el tema se las trae, no deja de ser inquietante y, qué quieren que les diga, lo considero más interesante que el deporte al aire libre, aunque no me deje envolver por tales creencias ni nunca mi actividad mental haya estado confusa al respecto, pues tengo una pésima actitud hacia ello, pero entienda que para muchos este tipo de crédito pueda llegar incluso a ponerles desorden en sus vidas y acobardarlos (atorrarlos). No cabe duda de que la mecánica del cerebro humano es una caja llena de sorpresas, y aunque todavía estamos en el umbral del conocimiento, vendrán generaciones mucho más evolucionadas mentalmente que, me temo, considerarán esto de las supersticiones algo así como un colapso mental que se quita con una aspirina. Pero mientras, aquí hay más de uno/a a quienes les invade el miedo por creer en ello, y viven con esa desbordada torrentera del temor en la sangre.
Tuve, hace muchos años, una vecina, excelente vecina por cierto, que se ponía enferma si se le rompía un espejo, pues creía firmemente que tal "desgracia" conllevaría siete años de mala suerte, jamás vistió con prenda alguna de color amarillo (tonalidad que me encanta), rodeaba cualquier escalera que se le cruzara en el camino con tal de no pasar por debajo de la misma, se santiguaba tres veces al salir a la calle o si veía un gato negro, etcétera. Y como no era más fanática porque no se entrenaba, para rematar, todas las mañanas y nada más levantarse, echaba un chorrito mínimo de agua y vinagre en el suelo de la puerta de entrada de la casa para -según ella- liberar el hogar de malos espíritus y negativas vibraciones. Servidora, que no creía ni creo en estas cosas y viendo que mi apreciada vecina había caído en el pozo de los excesos, con cierta indulgencia por mi parte, intentaba no ponerle drásticamente freno a su férrea creencia, pero sí deseaba adormecerle poco a poco sus miedos, pues ya exageraba hasta el límite, incluso hasta para salir a la vía, donde tenía que poner primero el pie derecho (fui muchas veces testigo ocular) y entrar en el zaguán con el izquierdo, lo cual de alguna manera revolcaba mis nervios. Pero como al que no quiere no se le puede invadir, y pensando que había quedado tocada de por vida, la dejé con las supersticiones porque para eso era más rara que una gallina con cuernos, mientras a mí sus argumentos me dejaban en estado de shock, a pesar de estar influida al respecto por un punto de vista escéptico. Hasta que un fatídico día le trajo su esposo un precioso gato siamés de color avellana, el cual, buscando gata, se escapó en cuanto pudo de aquel hogar, mientras mi convecina corría tras él disparada como perro con bencina, resbalando en el agua de la puerta y cayendo de bruces (de boca). Sacando fuerzas no sé de dónde, continuó la búsqueda bajando las escaleras como un galgo delante de un cazador, cayendo de nuevo sobre uno de los escalones y dándose un fortísimo golpe (partigazo) en el coxis, que la tuvo dos semanas sentada sobre un flotador y toda dolorida (baldada), torcida (cambada) y encogida (enguirrada).
Afortunadamente para ella, y después de esta amarga experiencia (amargos chochos) que la hizo venirse abajo como una persiana, le volvió la lucidez mental quedando mesurada con el tema como maquillarse sin pasarse, y aquellas convicciones supersticiosas terminaron yéndose por el desagüe (lo cual me dejó más alegre que Popeye marinerito), pues vio y entendió que "el gato no era negro" y se la dio con queso, que el chorrito de agua y vinagre diario en la puerta no la libró de un "mal espíritu" y que no hizo falta pasar por debajo de una escalera para darse el batacazo. Eso sí, de todo aquel revoltijo de creencias le ha quedado la de salir y entrar con el lío de los dos pies más santiguarse tres veces, pero al fin y al cabo es un mal menor, y lo de santiguarse -para los que tenemos fe- es una buena protección que nunca está de más. Y es que siempre hay tiempo para rectificar. Ay, Señor, qué cosas...
www.donina-romero.com