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SEGURIDAD ALIMENTARIA

 
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ANTONIO G. GONZÁLEZ La crisis alimentaria mundial ha sido objeto esta semana de atención informativa, entre otras cosas por su virulencia, algo que la crisis financiera había tapado hasta ahora. Mil millones de personas sufrirán de hambruna, si es que muchos viven para contarlo. Tan atroz se ha puesto todo que en noviembre habrá una cumbre mundial sobre seguridad alimentaria, que por vez primera pasa al primer plano de la agenda. Se trata, en suma, de frenar la desestabilización de los mercados que ha representado ya no determinaciones naturales (sequías, cambio climático...), que también, sino sobre todo la financiarización de las materias primas y las llamadas utilities, es decir, su salto adelante en los mercados de valores.

Esto es lo que más ha volatilizado los factores de la producción agrícola en el mundo (el agua, la tierra, las semillas...), haciendo retroceder quince años de avances en la lucha contra el hambre... que países que no tienen ni para comer hayan pasado a producir cada vez más para exportar bienes que actúan como activos en los mercados (globales de valores) secundarios, pero que eran las únicas producciones que el inversor financiaba.

Está claro: hay que rescatar a la agricultura de la lógica especulativa internacional, o el hambre y las epidemias llevarán al mundo al precipicio. Y para ello la forma más eficaz y directa es sustanciando los baremos de seguridad alimentaria que tiene establecidos la FAO en todas partes, es decir, que el cincuenta por ciento del consumo alimentario sea siempre producción local y el otro cincuenta por ciento importado. Se trata de algo que depende de la voluntad política y de la financiación pública. Esto es relativamente sencillo en el mundo opulento, en el que la dependencia alimentaria no era gran riesgo aunque en el escenario actual y futuro se vuelve insostenible. Pero exige más acción y no es nada sencillo en países pobres. Por eso resulta cargante que quien ha podido hacerlo, como Canarias, unas Islas que, aunque ricas en términos globales, tenían razones geográficas, además, para reducir una dependencia alimentaria del ochenta por ciento, casi nada, y contaban con medios de sobra, no lo haya hecho.

No hace falta ser -nunca lo seré- refractario al hecho diferencial canario y su concreción en las políticas públicas y en los dispositivos garantes de equilibrios interterritoriales para considerar un ejercicio cansino de demagogia barata los argumentos de las regiones ultraperiféricas, con Canarias a la cabeza, dados esta semana para seguir recibiendo fondos añadidos siempre, pase lo que pase. Y achacando todos los males a la lejanía e insularidad. Es falso. Y lo es porque son quince años recibiendo un inmenso 'cheque' europeo sin hacer los deberes en términos de diversificación productiva, por ejemplo, de la agricultura, que era una contrapartida razonable y, además, el plan posible y necesario.

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