´LOS TELERÍN´

 
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´LOS TELERÍN´
´LOS TELERÍN´  

DESVIACIONES JAVIER DURÁN M uchos padres que vigilamos la invasión de imágenes televisivas entre las neuronas de nuestros vástagos echamos de menos a La Familia Telerín, un colectivo de personajes que en la década de los setenta aparecían en la pantalla del blanco y negro, vestidos con pijama, para anunciar el "vamos a la cama para descansar..." En un tiempo en que aún no se atisbaban los efectos negativos de la televisión en la cohesión social, los mayores y pequeños de la casa habían pactado que los Telerín (ni los conocíamos como tales) daban paso a la suspensión de la sentada infantil ante el aparato con transformador, y como consecuencia de ello a la salida en tromba hacia las habitaciones. Unos cuarenta años después la cuestión televisiva se ha complicado tanto, es un negocio tan suculento, que el Gobierno socialista no ha tenido más remedio que aprobar la Ley Audiovisual. Se trata de poner orden en el asunto mercantil, pero también de establecer mecanismos para afrontar las derivaciones de tener a los niños tanto tiempo ante ultraplanas con más treinta canales de TDT, con otros tantos de TV de pago y con saltos puntuales al DVD. Una maraña que a los padres se nos va de las manos.


Creo que la mayoría de los progenitores están de acuerdo en que afrontar el control de los pequeños ante el televisor es, más que nada, un plus que se añade al cansancio que supone ya la jornada laboral y la asistencia de la nevera. Una complicación que no se acaba, en estos días que corren, con marcar con disciplina prusiana el horario, por la sencilla razón de que hay determinados productos mañaneros o de tiempo de siesta que son un coladero de contenidos violentos y sexistas. La nueva Ley Audiovisual subraya el codificado para el porno y la violencia a partir de las 22.00 horas, pero ¿quién se va a encargar de que las cadenas no sigan con programas ambivalentes, emitidos en horario de cola-cao, que rompen la protección infantil? Los impulsores de la nueva normativa, ha dicho la vicepresidenta Fernández de la Vega, se han estrujado el cerebro para concertar todos los intereses empresariales surgidos al amparo del digital. Pero otra cuestión es saber si los propietarios de las cadenas, entre ellos el gran Berlusconi, son conscientes de que la protección debe ser un valor ético, y como tal deben hacer que sus productoras (tanto las propias como las de fuera) trabajen en ese sentido. Habría que saber, por otra parte, qué sanción conlleva infringir la nueva normativa de contenidos, y si la misma es tan pecata minuta que vale la pena hacer frente a la multa dadas las ganancias obtenidas por audiencia. El invento permanente para romper la barrera de las audiencias nos pone ante un escenario de auténticos tiburones: es un clásico de la parrilla observar que los programas con un interés más allá de acaban siendo diluidos en el comienzo de la madrugada, cuando el sueño empieza a apretar, o bien en las mañanas, en horas de oficina y en tiempo de ejercicios de matemáticas en el colegio. El prime time, el horario de máxima audiencia, es la carrera prioritaria.


La puesta en marcha de la Ley Audiovisual nos ejercitará en conocer si la etapa del todo vale, de la selva televisiva, tiene puesta la firma de caducidad. Unos cuarenta años después de los Telerin vuelven también los avisos visuales (antes eran los dos rombos) para anunciar algún contenido sensible, además de los sonoros. Ambos, se supone, pretenden ser instrumentos importantes para que los padres, ante su visión o audición, tomen la decisión de mandar a los pequeños a la cama o a otra habitación, aunque a veces con la sospecha de que enciendan el ordenador y se pongan a ver el capítulo que no vieron la semana pasada. Los padres y los mismos legisladores están desvalidos ante una variante muy rentable de la industria del conocimiento, que es crear para acotar cada vez más parcelas en el mercado de los productos del ocio. Uno de los fenómenos finamente introducido en el manejo televisivo es, por ejemplo, que las series con temáticas adultas se nutran al alza de televidentes infantiles, muy puestos en vericuetos sexuales de todo tipo, o en comportamientos adolescentes de gran calado. La madre pregunta: ¿Y cómo sabes todo...? "Pues lo vi el otro día en el capítulo que repetían por la mañana, y que nosotros no podemos ver por la noche." La señora reconoce que el truco audiovisual la desborda.


Sacar a relucir aquí a los Telerín, lo reconozco, es ponerse en manos de la ingenuidad. No creo que nuestros inteligentes (dicen muchos padres) niños de ahora, que hablan de todo y están superinformados, vean en ellos una pizca de estímulo para irse a la cama. Ahora, no vamos a negar que a muchos nos marcaron, y que quizás les haga falta a estos legisladores un poco de imaginación para crear algo parecido para el siglo XXI.


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