CRISTÓBAL RODRÍGUEZ
El famoso botellón se ha convertido en un fenómeno incontrolado e incontrolable. Y no sólo en las grandes ciudades, porque esta moda también se extiende a núcleos de población de menor entidad. Aunque bien mirado, tampoco es una moda, entendida como tal, porque jaranas juveniles en la calle han existido desde siempre, aunque la denominación de botellones sea más moderna.
Los más mayores podemos recordar aquellos guateques, de baile y sangría, que nos montábamos en las azoteas de las casas terreras, en los garajes o en cualquier solar que aportaba el amigo de turno con la connivencia de sus padres. Los tocadiscos de la época sonaban a tope de revoluciones y ya se pueden imaginar el rebumbio y las escandaleras que armábamos los quince-veinteañeros de entonces, aunque bien es verdad que estábamos en la época del generalísimo y no podíamos gritar demasiado...
Me replicarán, seguro, que aquello y esto de ahora no tiene comparación. Y no les falta razón, porque lo que comenzó siendo un escape y artilugio para ahorrarse las perrillas de la disco, echándose los cubatas en la calle antes de entrar al bailoteo, lo transformaron con el tiempo en auténticas discotecas callejeras ambulantes, con música a tope desde coches aparcados, cuyos portabultos hacen también de improvisadas barras de bar. Y todo ello, con el consiguiente desmadre y desparrame por todos los rincones, plazas y plazoletas de las ciudades, conquistadas cada fin de semana por adolescentes, jóvenes y más mayorcitos, que no tienen consideración alguna, estén en un descampado o en plena calle rodeados de viviendas.
La juventud tiene el derecho a reclamar lugares públicos de ocio para su recreo y disfrute. Todos hemos sido jóvenes y lo entendemos. Pero ellos también han de comprender que sus padres, sus mayores, sus vecinos, merecen el derecho al descanso. Y que llega un momento en que hay que decir basta, que se ven impotentes y se sienten abocados a denunciar su hartazgo ante tanto ruido y tanta escandalera incontrolada provocada por la bebida y la juerga callejera.
En Las Palmas de Gran Canaria, todos -y digo todos incluidas las autoridades- sabemos dónde, cómo y cuándo se montan los botelloncitos, los botellones y los macrobotellones. Y que la cosa va a más cada fin de semana. Pero no es cuestión de demonizar a nadie, sino de buscar remedios. Porque alguna solución tiene que haber. ¿O no?