ERASMO
QUINTANA
La edad nos va restando capacidad física, y, al tiempo, otorgando sabiduría. Por esto suelen ser los órganos consultivos consejos de ancianos, y en ellos se deposita la confianza en la certeza de que no yerran, pues les asiste preparación y experiencia.
En Jerónimo Saavedra no parece darse este principio. Él es un hombre que tiene una muy alta opinión de sí mismo. Alcanzó la cota más alta a la que puede aspirar alguien que se dedique a la política: ocupó un importante cargo en la UGT a nivel nacional; catedrático de Derecho Laboral; secretario general del PSC; primer presidente estatutario del Gobierno de Canarias; dos veces ministro en los gobiernos de Felipe González y, por último, alcalde de la primera ciudad de Canarias. Pero hay algo que lo pierde: su soberbia mal disimulada y sus extravagancias.
Al haber encajado tan mal que lo desplazaran del centro de gravitación en el que nadaba como pez en el agua (hacía lo que le daba la gana en su partido, hasta el punto de que él "era" el partido), no para de minar el terreno que pisa JF López Aguilar. Así, en lugar de afearle a Rajoy su acusación al Gobierno de despilfarro por el dinero que destina a las personas más desfavorecidas y en paro, lo que nos obliga a todos a ser solidarios en momentos de severa crisis, lo único que hace es saltar a los titulares apuñalando a su compañero.
No hace declaraciones dirigidas a censurar las indecencias del caso Gürtel y el papel inmoral que representan destacados personajes del PP con este asunto. Sus diatribas públicas van siempre dirigidas a su actual secretario general.
Las cosas que vemos en Saavedra no van parejas con su altura intelectual. Por lo que cabe preguntar ¿a quién hace el guiño?