ELISA RODRÍGUEZ COURT
Un muro puede silenciar la existencia al otro lado, pero nunca borrar la luz que se cuela en las casas a través de las ventanas. Ventanas ocultas o visibles, pero siempre vehículo de llegada de la luz. Cómo brilla esta en cada sitio donde se posa, reluciente incluso en el drama contenido en ciertos claroscuros. Antes de resplandecer entra en el interior de las habitaciones como si lo hiciera por la ventana del pintor holandés Johannes Vermeer, situada al lado izquierdo de la estancia. Parece, entonces, deslizarse hacia la derecha sobre la vida corriente pintada a través de objetos sencillos, tales como una carta, una copa de vino, un mapa colgado de la pared del fondo, un libro, una guitarra, un espejo. También, a través de gestos humildes como una mano cosiendo una prenda o una jarra de barro vertiendo leche.
Un amplio registro de detalles desfila ante nuestros ojos con una luminosidad que casi puede tocarse. Las personas se nos aparecen entre los objetos que la luz vuelve solemnes. Se les ve entregadas a sus asuntos, ensimismadas, cuando no parecen contemplarnos sin que alcancemos a adivinar sus pensamientos. Esa mirada de dentro hacia fuera crea en el interior de las habitaciones una atmósfera intimista en calma. No obstante, esta privacidad aparentemente protegida parece presagiar algún acontecimiento inquietante, bien sea una partida o una noticia insospechada o algún suceso inesperado.
Ocurrió justamente hace 20 años. Cayó el muro que no pudo con la luz que se colaba a diario por las ventanas de las casas. Afuera los niños siguen jugando en la callejuela y donde antes se alzaba el muro, ahora el vacío parece tener el color dorado de ese tramo de pared bellísimo contenido en Vista de Delft, cuadro de Vermeer.