LA VORÁGINE

´ALAKRANA´ ES EL COMIENZO

 
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ANTONIO G. GONZÁLEZ Basta leer las crónicas de la cumbre sobre Seguridad Alimentaria de la FAO en Roma, ese monumental fracaso internacional, para comprender que el peor de los augurios para el mundo que viene tras esta primera crisis global es ya una crónica anunciada: la distancia creciente entre países ricos y pobres se dispara. Y la brecha Norte-Sur organizará un mundo más peligroso que el de la Guerra Fría, algo que sus años posteriores apuntaron.

Ante una comunidad internacional que niega los recursos para metas mínimas en una lucha contra el hambre que no sólo no ha mejorado sino incluso empeoró respecto de cuando Clinton promovió los famosos Objetivos del Milenio en 2001, sólo cabe asumir que episodios como el secuestro del Alakrana son prolegómenos de una nueva lógica de la violencia.

Por lo demás, si no fuera por el milagro chino, el mayor avance contra el hambre en medio siglo, las cifras habrían hecho saltar la estabilidad internacional. Pero el mundo anda hacia los 9.000 millones de habitantes en 2050 y el setenta por ciento será población urbana marginal en países pobres. Salvo que surjan tres Chinas, el peligro vuelve a ser inenarrable: sólo para no ir a más en el hambre haría falta duplicar la inversión agrícola en los países pobres, pues el noventa por ciento del incremento del plus de producción depende de la tecnología, no de la superficie cultivable.

En segundo término, ante una comunidad internacional incapaz de limitar la conversión de productos agrícolas y factores de su producción (tierra, agua, abonos) en activos al alza de la especulación financiera, que es lo que ha destruido el tejido productivo y la orientación de cultivos hacia las necesidades locales de los países pobres, hasta esa (improbable) inversión se les vendría en contra. Esto, en África, la primera víctima de la crisis y gran bomba demográfica, sumado a los conflictos bélicos y al juego de intereses de las élites locales y foráneas, precipita la violencia de los piratas somalíes a cotas que la mediación de discretos despachos de Londres en los rescates, ahora revelada, permite imaginar.

Se trata de una violencia delincuencial con una retórica política anticolonialista obviamente bastardeada (grupos de asalto movidos por señores de la guerra con millonarios negocios de secuestro de barcos foráneos que esquilman a esos países) pero producto de una situación. Y localizada geográficamente.

Pero esta violencia, como la de la mafia en la Sicilia del XIX o el narco colombiano de los ochenta, puede acabar fácilmente convertida en secuencia mafiosa y terrorista continental en una África con casi la mitad de los recursos naturales (no agotados) del mundo, a la que cada vez más los países ricos han de ir a buscar. Y entonces el mundo comprobará cómo, en palabras de Lula, "el hambre es la mayor arma de destrucción masiva". Sólo que, además, empezará a serlo en las dos direcciones.

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