RUBÉN REJA
Dicen que la circulación del dinero por el sistema económico es como la circulación de la sangre por las arterias. El comportamiento es muy similar porque si se taponan las venas el organismo se colapsa y si se atrofian los canales financieros, el dinero no fluye y la economía se retrae. De ahí la importancia de que exista la mayor fluidez de dinero posible.
La felicidad de la economía pasa, irremediablemente, por que el sistema esté trufado de liquidez. Cuentan, como mejor ejemplo para entender el comportamiento del aparato económico, que a principios de julio, en un pueblecito costero de Andalucía (no importa el nombre) y en plena temporada, cae una lluvia torrencial durante casi dos semanas.
Este rincón del Mediterráneo se queda desangelado. La temporada empieza mal y las expectativas empresariales se llenan de un desánimo propio de un hincha del Atlético de Madrid. Todos los negocios, sorprendidos por el clima, empiezan a tener deudas y se ven obligados a tirar de créditos para afrontar los pagos, que supuestamente iban a costear la ocupación de turistas. Sin embargo, en plena borrasca de verano, un empresario árabe, de esos que tienen el dinero por castigo, llega al pueblo con su séquito y entra en un pequeño hotel con mucho encanto y a pie de playa.
El insigne visitante pide varias habitaciones. El ávido propietario, que ahora también hace las veces de recepcionista, botones y camarero, le exige una reserva (200 euros) antes de mostrarle la suite real. El propietario del hotel, endeudado hasta las cejas, se lanza sobre los billetes y sale a toda prisa a pagar sus deudas con su proveedor de carne. Éste, el carnicero, que tampoco andaba fino, trinca la pasta y acude a saldar varias cuentas con el ganadero que le vende.
Este empresario, que debía un mes a su proveedor de piensos, aprovecha para afrontar sus pagos. El del pienso, hombre fogoso, acude a una prostituta, a la que también afecta la crisis, y a la que debía dinero. Tras el pago, ella se va al hotel del principio, donde había llevado las últimas veces a sus clientes para acabar de pagar al propietario por el uso de habitaciones. En ese momento, el millonario árabe baja tras haber inspeccionado la suite, que decide rechazar. En ese instante, y con una sonrisa contenida, el recepcionista le devuelve su dinero. La confianza por un día iluminó a este pueblo gracias a que el dinero circuló a una velocidad de vértigo. Aprovecho ahora para recordar a un amigo que me debe dinero y así hacerme más feliz.