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LA AMBIGÜEDAD saharaui de los ZP nos puede donar un bodegón con Aminatu cada vez más enferma, y un ministro al teléfono que le recita una oferta

 
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DESVIACIONES JAVIER
DURÁN
Entre los libros más amarillos (por viejos) que tengo en la biblioteca está Mis almuerzos con gente inquietante de Manuel Vázquez Montalbán, adquirido en una feria madrileña del libro antiguo o usado. Y le tengo aprecio por venir de la época de estudiante, y porque me enseñó a saber realmente cuándo una persona puede resultar inquietante para otra. Las entrevistas que más desasosiego me produjeron fueron las que el escritor hizo al comandante José Luis Cortina, un espía español que dirigió el Cesid y que salió absuelto del juicio del 23-F por falta de pruebas, y la de Alfonso Guerra, que aún transmitía la sensación de que algo importante, difícil de entender para el resto de los españoles, estaba a punto de ocurrir. Uno siempre aspiraba a tener entrevistados así ante la grabadora, tipos a los que uno le preguntaba lo más comprometido, y que eran capaces de sembrar el miedo o la seducción, aunque la contestación fuese un silencio pétreo o un monosílabo cáustico. El tiempo de las amenazas del posfranquismo sucumbió (aunque periodísticamente el 23-F nunca descansa), y ahora nos tenemos que rendir ante discursos perfectamente cuadriculados, con ausencia de carácter, y desprovistos de concesiones a la preocupación humana, pese a que todos saben que Obama ganó porque fue capaz de construir un edificio moral amparado por la redes sociales de Internet.


El psiquiatra Enrique Rojas es el gran defensor del olvido para que el fracaso no se cebe en la persona. La receta no es buena para los políticos españoles, muy dados a tirar de la amnesia pese a ser conscientes de que nuestra democracia y su parlamentarismo tienen su raíz no sólo en una elite, sino también en unos ciudadanos que se pusieron a disposición de un proceso político que tenía que dar de sí un nuevo modelo de participación, además de candidatos dispuestos a modernizar estructuras y actitudes. A mí me inquieta que el ministro de Exteriores Moratinos recurra al teléfono para convencer (y negociar) a la activista saharaui Aminatu, en huelga de hambre en Lanzarote. El procedimiento fue inaugurado por la vicepresidenta Fernández de la Vega, que también fracasó en su empeño de aunar diplomacia con telecomunicaciones. La ambigüedad medida de Zapatero con el contencioso saharaui no debería contribuir a que la opinión pública reciba, a cara partida, el bodegón de una señora enferma, incapacitada por la malnutrición, que muere poco a poco mientras que el ministro de turno le recita su oferta por teléfono. Vázquez Montalbán, si él me lo permite, le hubiese preguntado a Moratinos: ¿No le pesa en su conciencia no haber cogido un avión para negociar en Marruecos o en Lanzarote una solución para Aminatu?


Los socialdemócratas del PSOE, intervencionistas en el mercado, se comen el coco con las medidas de sostenibilidad económica, dirigidas a sostenernos en época de crisis, y el PP dice que no deja de ser un plan franquista. ¿Inquietante? Pues mucho menos que la obsesión por la autarquía o cuando el dictador anunciaba que tenía un combustible inventado. El portavoz popular debe especificar que se refiere a la bonanza económica de los López Rodó, porque dicho así... Nuestro muerto en el aeropuerto de Bangkok le hubiese manifestado a Cristóbal Montoro: ¿No cree usted que malversa el lenguaje a través de una instrumentación capitalista? Todo ello ante una buena porción de sobrasada.


Pero me parece más inquietante que todos estos planes macro y microeconómicos, igual que el de ZP para Canarias, se acojan a plazos de una década con una naturalidad estupenda. Nadie nos ofrece nada para dejar la vida de parado, pero tampoco existe nadie que ofrezca la razón por la que no se puede dar la vuelta al paño de la noche a la mañana. Diez, 15 y 20 son calendarios sobre los que se alargan las reformas, menos las que nos incitan a hacer obras en las casas para desgravar a Hacienda, o a montar una empresa sin recorrer una ventanilla tras otra sin cogerte el dedo. La pregunta para Elena Salgado del inventor de Carvalho: ¿No teme la ilusión por una superestructura para un momento venidero, y una depreciación del instante electoral?


Y no vale la pena hablar de la inquietud que embarga a los votantes de la Ley del Aborto, carnes del pecado y del derrape confesional. ¿Hay algo más inquietante en la noche de los tiempos?


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