DUNIA E.
TORRES
Ayer hizo un año de la muerte de Iván Robaina. Hay nombres que se nos graban en la memoria, imborrables al paso del tiempo. Se perpetúan en el recuerdo. A Iván lo mataron de una patada en la cabeza cuando intentaba mediar en una discusión entre uno de sus amigos y quienes causaron su muerte. Desde entonces, pese al dolor que no acaba de calmarse, su familia se ha empeñado en llamar la atención sobre la necesidad de la reeducación social empezando por lo más básico: la violencia no es normal.
No puede ser normal salir los fines de semana con el incentivo de buscar pelea, de cazar al pardillo. No es normal que la violencia se haya convertido en una forma de diversión en ciertos ámbitos juveniles. Lo que le ocurrió a Iván no es ni puede considerarse normal. "No puede ser normal que alguien salga a divertirse matando", decía su padre, Rafael, hace unos días en una entrevista.
No es normal pero las noticias de reyertas empiezan a ser habituales en nuestra ciudad. Antes sabíamos de ellas a través de los noticieros o de las películas cuyos escenarios eran afamados barrios de Nueva York o Chicago. Hoy son un mal que se extiende. Algo está fallando, claramente, en la transmisión de valores. La violencia, ni física ni verbal, no es justificable. Pero sin embargo la amparamos, bien no atajándola en las calles bien amplificándola a través de la televisión (el medio de comunicación qué más fácilmente y en masa llega a nuestras casas, el que más propicia la imitaciones). ¿O no son violentas las formas de relacionarse que tienen algunos de los protagonistas de los múltiples reality shows que pueblan nuestras pantallas? ¿O es que no son violentos los gritos, los insultos que se propinan unos a otros, el menosprecio al prójimo del que hacen gala? Los jóvenes imitan los modos y las modas y día a día ponemos ante sus ojos ejemplos de lo que no debe ser.
Los padres y amigos conscientes de que la violencia no es la normalidad crearon la Plataforma Conciencia Social, porque la educación es el camino, desde luego. Una reeducación en la que participe y se implique la sociedad al completo. Pero también es verdad que ese es un proceso muy lento, de tantos años como los que se tarda en moldear la conciencia moral de un niño. Entre tanto, las calles deben ser seguras y los mensajes que reciben los jóvenes adecuados. Y esa labor solamente corresponde a las administraciones.