ELISA RODRÍGUEZ COURT
El Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, Arturo Canalda, es un fingidor. No, no es poeta. No es ese fingidor del que habla Fernando Pessoa en uno de sus poemas y que comienza así: "El poeta es un fingidor. // Finge tan completamente // Que hasta finge que es dolor // El dolor que de veras siente."
Este Defensor del Menor es un espía y un impostor. Sin embargo, no, tampoco es novelista. Ya se sabe que los mejores escritores son espías y grandes embaucadores. Espían la realidad para crear otros mundos reales y desaparecer en ellos. Así se expresa el narrador de El mal de Montano de Vila-Matas, para quien la creación literaria es invención: "Tal vez la literatura sea eso: inventar otra vida que bien pudiera ser la nuestra, inventar un doble."
El Defensor del Menor no ha inventado un personaje con vida propia a través del arte de la ficción. Sólo ha adoptado un perfil falso en tuenti para espiar lo que hacen sus hijos en esta red social. Es un burdo fingidor que no ha dejado de ser él mismo. Por tanto, tampoco ha tenido que esforzarse en crear una biografía distinta a la suya, con un pasado y un presente determinados. Simplemente se ha aprovechado de la invisibilidad que permite tuenti para, con nombre falso y a espaldas de sus hijos, colarse en sus listas de contactos. Así se dedica a husmear en sus páginas para enterarse de sus intimidades. En aras de la seguridad, dice, mientras su ojo de Gran Hermano orwelliano atenta contra la condición de seres libres de sus hijos.
Sería comprensible que un padre con una preocupación fundada se entrometiera puntualmente en la privacidad de su prole. Nada justifica, sin embargo, enaltecer públicamente esa intromisión cimentada en la desconfianza y la incomunicación.