ELISA RODRÍGUEZ COURT.
Te levantas de la silla y enfilas a la ventana. La abres, te acodas en el alféizar y permaneces quieto mirando. Abajo reina el silencio y afuera el calor es insoportable. Un hombre en pantalón corto cruza la calle vacía. Parece llevar una caja de cigarros en la mano. Camina a paso lento, dobla la esquina y desaparece. Un coche se aproxima desde lo lejos a velocidad reducida. Detrás de este se dibuja la silueta de otro.
El primero, azul, circula ya a la altura de la ventana. Le sigue el segundo, de color rojo mate. En la acera de enfrente una pareja joven camina tomada de la mano. Sobresale aún más el naranja de la falda de la muchacha cuando ambos se han alejado. Una mujer gruesa se desplaza lentamente. De un brazo le cuelga una bolsa de plástico. Un niño de corta edad circula en patines y dos adolescentes arriman sus bicicletas a una pared. Pasa una mujer en moto. Varios adolescentes se han detenido bajo la ventana. Conversan y estallan en risas juguetonas. Un perro levanta la pata, se agacha y su dueña se mantiene a la espera con un periódico bajo el brazo. Y ahora una mujer arrastra un carro con un bebé sentado, un hombre sale de la panadería y otros tres han apoyado sus cuerpos en la puerta entreabierta del restaurante…
Cierras la ventana y piensas que escribirás una columna sobre algún tema de la vida cotidiana. Recuerdas entonces una frase que te ha perseguido en los últimos tiempos, grabada mentalmente por primera vez cuando la leíste en la obra de Enrique Vila-Matas: "Lo que pasa cuando no pasa nada." Lo que pasa cuando no pasa nada, salvo tiempo, gente, autos y nubes, como escribe Georges Perec en uno de sus libros. O "qué pasa cuando no pasa nada", como titula Luis Landero un capítulo de Hoy, Júpiter.