ÁNGEL TRISTÁN PIMIENTA.
A veces la corporación municipal de San Bartolomé de Tirajana tiene ideas brillantísimas: una de las más novedosas ha sido, no tengo la menor duda, la de promover el espíritu de aventura en los isleños que pasan el verano en los apartamentos de Playa del Inglés y Campo Internacional. La iniciativa recibió en su día críticas, algunas muy duras, por parte de los empresarios del sector turístico. Implantar la zona azul se interpretó como el resultado de un voraz instinto recaudatorio dentro de la línea considerada habitual en estos pastos, perdón, predios, de ordeñar la vaca mientras se pueda. Los turistas ¿para qué otra cosa pueden estar? Para ser exprimidos como un limón cuando se necesitan tres para hacer un queque y sólo hay uno. Así que las mentes preclaras que gobiernan ese Ayuntamiento, en el que hasta las Casas Consistoriales están clausuradas por ruina, lo que es muy valorado por los turoperadores, discurrieron que una zona azul podría tener unos efectos muy beneficiosos, no sólo para las arcas públicas, sino para darle un poco de dinamismo a la pachorra.
Ya está bien de pachorrúos, debieron pensar -suponiendo que esa inusual dedicación no implique lesiones cerebrales irreversibles para algunos concejales y alcaldes- y se pusieron manos a la obra. El resultado ha sido extraordinario: en las calles de estacionamiento limitado los vigilantes desarrollan una actividad de tanto interés turístico como la multa a los vehículos que no tengan el papelín del pago en el parabrisas. Esto, que a algunos les puede parecer dañino para el negocio hotelero, es un invento extraordinario. Hemos sido testigos de cómo sus efectos positivos incluyen el control del colesterol, la forma física, una buena prueba de esfuerzo, sanísima, que bien dosificada es muy buena contra la hipertensión. Nada de despertarse a las once de la mañana, o al mediodía. Los veraneantes isleños tienen que ir en hora a pagar al poste más cercano para evitar la multa, que, dicho sea de paso, se les deja con un sobrecito para facilitar la anulación de la denuncia. La iniciativa sirve además como demostración de la fidelización del usuario: si los veraneantes superan la barrera de la zona azul y de estar pendientes del puñetero papelito, y la barrera de los ruidos en los botellones celebrados en centros comerciales y locales sin la debida insonorización, y si superan la constatación empírica de los efectos líquido-contaminantes de la ausencia de servicios de balneario en la playa, y si superan los rasguños y caídas por las escaleras que unen el paseo de El Inglés con la arena, en parte muy deterioradas, y si superan el asco ante unas hamacas hediondas y ante algunos chiringuitos que han degenerado hacia el chabolismo, una de dos: o son masoquistas, o les mueve un magnífico y saludable afán de inquietud e incertidumbre.
Pero la gente no es agradecida; y los primeros en el desagradecimiento son los empresarios, que se empeñan en ver la botella medio vacía y no entienden que lo que ellos ven como desidia e incompetencia es todo lo contrario: es un plan para que el sur de Gran Canaria compita con los mejores destinos del turismo de riesgo del mundo mundial. Que incluye una modalidad totalmente gratuita: el uso de la bicicleta es tan peligroso que hay grandes probabilidades de un accidente. ¿Y no es fenomenal que el turista tenga algo tan emocionante que contar cuando regresa a sus hogares? No habrían podido discurrir nada más original y asequible a todos los cerebros, e incluso a los que no lo tengan, que este sofisticado plan para que se hable del Sur. (Espero que el lector haya captado la sutil ironía).