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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 02
    Abril
    2014

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    'Cougars' y 'toyboys'

    No podía faltar, en mi elenco de tópicos amorosos, la inevitable historia de la mujer ya no tan joven, o cougar, término que proviene de la palabra inglesa que significa en realidad 'puma' y que hace alusión a la 'cacería' que esta mujer supuestamente emprende para atrapar 'carne fresca' (y no doy abasto con las comillas), es decir, para ligarse a un hombre mucho más joven que ella, el toyboy, o, siendo fieles a la traducción, 'chico-juguete', como han decidido denominarlo los angloparlantes, aunque a mí toda esta terminología rancia y machista me parece, cuanto menos, excesiva, y desde luego terriblemente out. En cualquier caso, les cuento lo que le aconteció a una de mis muchas amigas, para que vean que estas cosas no pasan solamente en las producciones de Hollywood y están a la orden del día.


    Mi amiga Gema no es Demi Moore, ni falta que le hace, porque nadie diría que hace ya unos pocos años que dejó de ser una avezada treintañera, para convertirse en una experta cuarentañera, y van a perdonarme la patada al diccionario, pero es que detesto la ajada y degradante expresión aprobada por la RAE y además las revistas femeninas proclaman que los cuarenta son los nuevos treinta y estas publicaciones nunca mienten. Ejem… Pero volviendo a Gema, no es sólo que mi amiga eclipse sus pocas arrugas con su radiante sonrisa y haga gala, además, de un tipo envidiable, sino que tiene también una desbordante energía vital, más propia de una jovencita que de una mujer que, según algunos obsoletos y ridículos patrones sociales, ya se encuentra en franca decadencia y prácticamente pre-menopáusica.


    Gema conoció a Alberto en un concierto al que ninguno de los dos debía haber ido si se hubieran dejado guiar por aquellos ridículos patrones de los que les hablaba hace un momento. Ella, porque era demasiado mayor y no era esa la música que solía gustarle a los de su edad y él, exactamente por el mismo motivo, pero justo al contrario. Y sin embargo allí estaban los dos, disfrutando juntos de aquel grupo que ambos adoraban y totalmente entregados a su música, cuando, sin saber cómo, Gema se vio de pronto bailando con el guaperas de Alberto. Mi amiga tardo un nanosegundo en darse cuenta de que aquel bomboncito rondaba aún el cuarto de siglo, pero se encogió de hombros y decidió disfrutar del baile y de la noche... Y tanto disfrutó, que a la mañana siguiente despertó en la cama con aquel post adolescente de cuerpo esculpido y risa fácil, con la gran suerte, eso sí, de no haber olvidado por culpa del alcohol ni un bendito minuto de lo ocurrido la noche anterior.


    Pensó entonces Gema, mientras contemplaba el plácido sueño de Alberto, tumbado a su lado en la cama de su apartamento, que había sido bonito mientras duró, porque al fin y al cabo esas cosas venían con fecha de caducidad en la tapa, como los yogures, además de que ella no estaba ya para cambiar pañales a aquellas alturas del partido, es decir, empezando el segundo tiempo, y además la docencia siempre se le había dado fatal. Pero en este instante Alberto despertó y, en vez de corroborar el viejo refrán de que quien se acuesta con niños, amanece meado, le regaló otra alegría a mi amiga. Y luego le trajo el desayuno a la cama. Y después le pintó las uñas de los pies. Y más tarde volvió a arreglarle el cuerpo. Y así, hasta las siete de la tarde, hora en la que Gema pedía agua por señas, que ya no estaba ella para esos trotes. Así que mi amiga le dijo a Alberto que debía irse, porque ella había quedado para ir a cenar con su madre, a la que en realidad sólo visita por Navidad y fiestas de guardar, porque vive lo suficientemente lejos como para que pueda excusarse cada vez que ella le echa en cara que casi no va a verla, y se despidió de él en la puerta de su apartamento con un beso de tornillo y el socorrido “ya te llamaré…”.
     

    Gema no sabe aún si en realidad lo hará, pero ¿acaso importa?
     

     

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