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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 28
    Abril
    2014

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    Amantes mediocres

    Luis había sido importante para Laura en un tiempo en que ella aún era demasiado joven como para apreciar sus propias virtudes y aceptar sus propios defectos, se construía la autoestima a golpe de desengaños y se sentía irremisiblemente atraída por ese tipo de hombres que se considera a sí mismo el indiscutible ombligo del Universo y necesita a toda costa ser el centro de atención en todos los saraos. Para compensar la balanza, mientras que él era tan egoísta que no podía querer a nadie más que a sí mismo, ella todavía daba más amor del que se quedaba para sí, y por eso lo quiso durante mucho tiempo y de esa forma obsesiva e insana en que se enamoran las mujeres inmaduras que todavía no han entendido que el verdadero amor siempre es correspondido o no es más que un mero capricho abocado al fracaso y con fecha de caducidad en el atrayente envase de lo inalcanzable. En cualquier caso,  él, cómo no, se aprovechó de la ventaja que le otorgaba la evidente devoción de la muchacha y jugó con ella durante unos cuantos años de precipitados encuentros que Laura esperaba siempre como agua de mayo y él percibía como el sol de agosto: agradable, pero excesivo, tal era la apabullante intensidad de los evidentes sentimientos de la joven.


    Lo que resultaba más llamativo de toda aquella tragedia romántica era que Luis, como buen ególatra, era un amante mediocre, demasiado egoísta para preocuparse de satisfacer a nadie más que a sí mismo y que, una vez metido en faena, duraba lo que lo hacen los billetes de cincuenta euros en la cartera. Y es que, por mucho que ella no quisiera darse cuenta, por aquello de que no hay peor ciego que el que no quiere ver y que a todos nos resulta más fácil engañarnos con lindezas que mirarnos al espejo para decirnos las verdades y enfrentarnos a la cruda realidad, en realidad Luis no se molestaba en currárselo lo más mínimo y llegaba a meta cuando ella estaba aún calentando motores. No obstante, la obcecada muchacha estaba decidida a encontrar un deseo desaforado en sus apresurados finales y una química excepcional donde sólo había descontrol, y mantenía a su incontinente amante en el pódium de sus encuentros sexuales, incluso a costa de otros mucho más atentos, infinitamente más generosos... y con menos dificultades para reprimir sus impulsos.
     

    Afortunadamente, pasó el tiempo, y como no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista, Laura empezó a apreciarse a sí misma casi como debía y, sobre todo, a aceptar que no aguantaba ni un minuto más sin darse un homenaje en condiciones y que no la dejara con cara de póker y el cuerpo aún en llamas. Así que un día reunió por fin las fuerzas suficientes para echar a aquel hombre de su cama y de su vida y se propuso olvidarlo con las mismas ganas con que lo había querido.


    Luego, la joven se convirtió en una mujer, aprendió a quererse más de lo que quería a los demás, se desquitó de tantos años de sexo mediocre y precipitado con unos cuantos amantes bastante más expertos y entregados, y casi olvidó al que una vez consideró el gran amor de su vida… Hasta que un día, casi diez años más tarde, volvió a tropezárselo en el entorno más peligroso de todos: Una fiesta. Lo encontró, sin embargo, arrugado, desmejorado  y mayor, pero a pesar de ello no pudo evitar la inercia de coquetear con él y dejó que el hombre creyera que ella seguía siendo la misma ingenua de antaño… Y tanto se dejó llevar, que cuando se vino a dar cuenta, estaba en su apartamento dejando que Luis le arrancara la ropa y la transportara unos cuantos años atrás en el tiempo.
    Pero como si de un absurdo dejà vu se tratase, pocos minutos más tarde Laura se encontró preguntándose qué había ocurrido, mientras un compungido Luis se disculpaba por haber acabado antes de tiempo, demostrándole una vez más que nunca segundas partes fueron buenas y que la gente no cambia, por mucho que la mayoría nos empeñemos en creer lo contrario.
     

     

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