Blog 
Apaga y Vámonos
RSS - Blog de María Sánchez Lozano

El autor

Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


Archivo

  • 22
    Abril
    2014

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    Amargos finales

    Ella tenía tan claro que merecía algo mejor como él que ella ya no era feliz a su lado, y sin embargo, el día que Juanjo llegó a casa y se encontró los cajones vacíos de recuerdos y un armario mucho más grande de lo que se lo había parecido durante los últimos doce años, fingió sorprenderse y marcó su número con un por qué listo para ser escupido de sus labios lívidos de rabia e incredulidad. Clara, que hacía horas que esperaba aquella llamada, porque hacía semanas que sabía que aquel momento llegaría tarde o temprano, descolgó el teléfono sin que le temblara el pulso y escuchó en silencio la ristra de reproches, las súplicas desganadas, los improperios, finalmente, y cuando él hubo terminado, sólo respondió una cosa: Ya no te quiero. Para ella aquella frase era tan aclaratoria como definitiva, porque encerraba la verdad a la que había evitado enfrentarse durante los últimos meses, años quizás, con todos sus días de certezas y sus noches de dudas, esa que se había negado a aceptar a pesar de los silencios cómodamente instalados, de los desencuentros asumidos ya con total normalidad, de las discusiones cada vez más frecuentes, las ofensas cada vez más crueles y de una cama agónica y desnuda donde, desde hacía mucho, sólo compartían el sueño y algún que otro rictus de amargura. Pero él tampoco quiso entenderlo esta vez.


    …Juanjo había querido olvidar que le había ofrecido desprecio cuando ella le había exigido respeto y necesidad cuando mendigó un amor que probablemente él no podía sentir, y Clara, resentida y despechada, incapaz de entender que los olmos no podían dar peras por mucho que lo deseasen, había terminado por convertirse en una caricatura de lo que había sido, una sombra de la mujer que una vez fue. Ninguno de los dos había sido capaz de cambiar aquella inercia de desidia e indiferencia que había devorado lentamente la relación, envolviéndolos en una oscura nube de rencores y desconfianza. Así que él se había alejado lentamente, había regresado a lo más parecido a la vida de soltero que creía añorar, porque ya no recordaba cuánto llegó a detestarla, mientras que ella se había sacudido los prejuicios y había espantado de un manotazo la lealtad que revoloteaba en torno a su conciencia, para echarse a la calle, ávida de la atención que ya no recibía en casa y del deseo que restauraría su malograda autoestima. Luego habían venido días de mentiras, de tristeza y de la seguridad por ambas partes de que sólo estaban alargando la agonía y que el momento del adiós se encontraba cada vez más cerca.
    Sin embargo, por mucho que él se empeñase en mirar hacia otro lado, ella lo había avisado, le había advertido de que la relación se envenenaba con cada quebranto, con cada instante que ya no compartían, con cada beso que no se daban y cada lágrima que ella vertía, pero quizás él no la creyó, quizás no quiso creerla, o puede que entendiera antes que ella que aquella batalla, que ya hacía tiempo que lo era, estaba perdida desde hacía mucho y ya sólo quedaba evaluar los daños y seguir cada uno su camino en busca de terrenos inexplorados donde no tuviesen que luchar para conseguir alcanzar la tan anhelada paz.


    Clara no recordaba el día en el que el amor empezó a desvanecerse, pero sí se acordaba con meridiana claridad del momento en el que se dio cuenta de que ya no quería al que había creído el hombre de su vida. No había querido hacer caso a las señales: Le molestaba su presencia, encontraba aburrida su conversación y exasperantes sus manías. No soportaba que la tocase… De todas formas, hacía ya mucho que él ni siquiera intentaba tocarla.


    “¿Por qué?”, escupió al fin Juanjo. Ahora que ya sólo quedaban cenizas, que cualquier rescoldo del amor que una vez sintieron se había quemado en la hoguera de la rutina, cuyas extintas llamas no podía reavivar ni siquiera el recuerdo de los buenos momentos compartidos tanto tiempo atrás. “Porque los dos merecemos la oportunidad de que alguien vuelva a querernos”, respondió Clara. Y en esta ocasión fue él quien guardó silencio.
     

     

    Denunciar
    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook