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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 09
    Agosto
    2014

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    Amigos de mentira

    Entre las historias que algunos lectores se han animado a enviarme ha habido una que me ha inspirado especialmente y que a continuación trascribo, con el obligado camuflaje a personas y situaciones. La historia, cómo no, va de desamores, de amores tóxicos, o como ustedes los quieran llamar, porque si no fuera así, este espacio no se llamaría Apaga y Vámonos, sino, quizás, Y Fueron Felices o, probablemente, Esto No Hay Quién Se lo Crea, y comienza con una reflexión personal:


    Digan lo que digan, que cantaba Rafael, creo fervientemente en la amistad entre hombres y mujeres. Sin embargo, también estoy convencida de que para que este tipo de relaciones, ya de por sí difíciles al estar construidas sobre el cenagoso pantano de la diferencia de sexos, sea de veras una amistad y no una bomba de relojería disfrazada de tarta de limón que puede estallarnos en la cara en cualquier momento y llenarnos los ojos de merengue y el corazón de esquirlas deben darse dos requisitos imprescindibles: que no exista la más mínima atracción sexual entre los miembros del binomio y que  ninguna de las partes sienta tampoco absolutamente ningún interés amoroso hacia el otro. La fórmula parece complicada y lo es, y mucho, y de ahí que la amistad entre féminas y varones sea tan poco frecuente y produzca además tanta desconfianza en la gran mayoría de los que se acercan a los pocos afortunados que pueden disfrutarla.


    No obstante, no había sido este el caso de Marina y Jacobo -llamémoslos así- porque, aunque durante muchísimo tiempo pudiera parecer que aquellos dos compañeros de risas y llantos no eran otra cosa más que dos colegas unidos por una estrecha amistad que se había ido consolidando con el paso de los años, en realidad lo que aquella treintañera tímida y de aspecto tan normal que pasaba completamente desapercibida en todas partes había sentido cuando se dio de bruces con la espectacular sonrisa a lo Bradley Cooper de aquel hombre cuyos ojos traviesos brillaron con picardía al mirarla por primera vez en aquella fiesta organizada por amigos comunes en la que se conocieron, había sido un flechazo en toda regla.


     Y quizás después de aquella primera noche todo hubiera sido diferente si Marina hubiese mirado a Jacobo invitándolo a besarla cuando  ambos abandonaron la fiesta apoyados el uno en el otro y en plena fase de cantos regionales, pero lo cierto fue que su timidez había ganado la batalla y que la muchacha se había concentrado en la complicada empresa de meter la llave en la cerradura de su portal como si le fuera la vida en ello, y probablemente sin siquiera darle a Jacobo la oportunidad de cuestionarse si aquella aparente compatibilidad traspasaba también los umbrales de la carne, que al fin y al cabo por todos es sabido que los hombres ni siquiera se plantean disparar si no están totalmente seguros de que la presa está a tiro.


    Desde entonces, Marina y Jacobo habían seguido encontrándose en los eventos organizados por sus amigos y, para su desgracia, cuanto más atraída se sentía ella por él, más se retraía en la concha de su timidez y su miedo al rechazo, con lo que antes de que pudiera darse cuenta, se había desviado sin desearlo en absoluto hacia el pedregoso camino de la amistad, pero una amistad de mentira, y compartía con Jacobo comentarios picantes sobre el resto de las mujeres y consejos sobre cómo conquistarlas que en realidad habría querido, ¡tanto!, que pusiera en práctica con ella misma.


    Y el tiempo había hecho lo único que sabía y podía hacer: pasar. Y ahora, me contaba Marina en su correo, Jacobo, el hombre del que estaba perdidamente enamorada desde hacía ya tanto, estaba a punto de casarse con la chica con la que había comenzado a salir hacía unos años y, a falta de madre o de hermanas, le había pedido a ella, precisamente a ella, que fuera su madrina de bodas. Y Marina, que tantas veces había estado a punto de confesarle sus verdaderos sentimientos y tantas veces había callado, se quería morir.

     

     

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