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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 15
    Junio
    2014

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    Amor mal entendido

    La gran mayoría de las mujeres adultas hemos pasado nuestra infancia creyendo a pies juntillas que el amor romántico sería como  nos lo contaban en las películas de Disney o las novelas de Norah Roberts, dependiendo de la edad. Ya saben: Chico salva a chica, música de violines y fueron felices y comieron perdices… En fin, lo de siempre. Sin embargo, luego crecimos, nos encontramos con un par de cabrones que nos trataron mal y otro par que no nos correspondió, y nos dimos cuenta de que las relaciones sentimentales no eran ni tan fáciles, ni tan bonitas como nos las habían pintado. A pesar de ello, en la mayoría de los casos conseguimos superarlo, madurar y mantener una relación de pareja más o menos sana un periodo de tiempo más o menos respetable.


    Pero no siempre es así. Qué va.


    Mucho se ha hablado del hombre confundido, el inadaptado a los nuevos roles sociales, el que, con razón, no termina de entender a la mujer que reivindica igualdad al tiempo que le exige ramos de flores y que él pague durante las citas, pero también existe una mujer confundida, una mujer que espera romanticismo y recibe burlas y desprecio, que demanda atención y obtiene indiferencia e incluso las hay que en vez de besos y caricias admite golpes e insultos…


    La mayoría de la gente cree que las mujeres maltratadas soportan su situación porque no tiene recursos para cambiarla, pero lo que casi nadie se plantea es que, en un gran número de casos, estas mujeres normalizan ese tipo de trato porque ésta es la única forma de amor que han conocido a lo largo de su vida. Son las hijas de padres con la mano ligera o madres celosas, que han crecido recibiendo golpes, o insultos, o ambas cosas de sus progenitores, que se han desarrollado experimentando la violencia física o psicológica en su vida cotidiana, con escasa autoestima y llenas de inseguridades,  y que por tanto, asumen con normalidad este tipo de comportamiento en las personas que supuestamente las quieren.


    Mi amiga Carmen es una mujer estupenda. Es simpática, lista y tiene un corazón de oro, pero siempre había elegido a los hombres más inadecuados y no había tenido demasiada suerte en las lides amorosas, así que cuando, apenas unos años antes de entrar en la cuarentena, conoció a Javier, un hombre que parecía dulce y amable, todos los que la queremos, o al menos los que la queremos bien y no con ese amor nocivo en el que mandan la envidia o la competitividad, nos alegramos muchísimo por ella. Al fin y al cabo no había nadie que se lo mereciera más y ya le tocaba.


    No obstante, al cabo de unos pocos meses, es decir, lo que suele tardar en terminarse la tarta, el subidón, el calentón, o como quieran llamarlo, todas las personas cercanas a Carmen empezamos a observar con desagrado que Javier ya no se comportaba como el hombre encantador que parecía ser cuando lo conocimos, sino que se dirigía a nuestra amiga con tono áspero y palabras hirientes, a burlarse de sus actuaciones y a tratarla con desprecio. A pesar de todo, quisimos creer que la pareja sólo estaba pasando una mala racha, pero cuando advertimos que aquella crisis parecía extenderse demasiado en el tiempo, algunas de sus amigas, las más cercanas, o quizás las más valientes, decidimos hablar con Carmen y señalarle que quizás, pero sólo quizás, Javier fuera otro cabrón más.


    Pero no sirvió de nada. Carmen no entendía a qué venían nuestros aspavientos, ni encontraba extraño que él se dirigiese a ella en tono despectivo o hiciera comentarios hirientes a su costa, al igual que le parecía normal que él pareciese avergonzarse de ella en público o que tonteara con algunas de sus amigas con el más absoluto descaro. Exagerábamos, decía. No era para tanto, aseveraba. Así que decidimos callarnos, mirar hacia otro lado y procurábamos evitar encontrarnos con la pareja. Al fin y al cabo, cada uno tiene sus propios límites y sabe hasta dónde está dispuesto a llegar. Aunque también sea cierto que no hay nada más fácil que engañarse a uno mismo e ir soltando cuerda.
     

     

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