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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 20
    Junio
    2015

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    Las Palmas Gente desamor relaciones amor

    Amor no correspondido

    Una noche de principios de diciembre de hace ya unos cuantos años, demasiados en realidad, en una de esas ciudades del territorio español donde los inviernos son inviernos de verdad y mientras una servidora disfrutaba de las copas posteriores a la cena navideña de la empresa en la que trabajaba por aquel entonces, un chico alto y de imberbe rostro aniñado al que no había visto nunca antes se me acercó y se presentó como el nuevo compañero de la sucursal de Cataluña. Yo le di dos besos sin prestarle demasiada atención, porque ya había observado que el chaval era demasiado joven, demasiado estridente, demasiado catalán -ustedes ya me entienden- y demasiado de todo, en general, pero él insistió tanto en llamar mi atención durante toda la velada que finalmente consiguió que yo, que sólo quería echar unas risas con mis compañeros, le acabara dirigiendo una mirada de esas tipo Escarlata O’Hara, en las que la ceja derecha casi roza el nacimiento del pelo -seguro que saben a las que me refiero- y le respondiera que no abriría la guardería hasta las ocho de la mañana y aún no eran más que las dos, así que mejor teníamos la fiesta en paz y se iba a otra parte con sus payasadas… Siempre he sido muy sutil.


    Sergi, porque así se llamaba mi insistente compañero, tenía tan sólo veinticinco años y lucía todavía las maneras arrogantes y provocadoras propias de algunos egos excesivos de la primera juventud que todavía no han tenido tiempo de aprender casi nada, ni siquiera que los aspavientos sirven para más bien poco. No obstante, había que reconocer que era también divertido e ingenioso, así que finalmente consiguió ganarse mi simpatía a golpe de chistes rebuscados y comentarios mordaces durante las muchas reuniones a las que teníamos que asistir anualmente y en las que nos íbamos encontrando indefectiblemente. Así que, al cabo de unos años, cuando ya habíamos compartido muchos cotilleos de oficina y muchísimas más juergas hasta el amanecer y sus posteriores reuniones empresariales con resaca, que lo crean o no, eso une mucho, Sergi me propuso que me quedara en Barcelona después de una de aquellas tediosas reuniones y pasara el fin de semana, con puente incluido, en su casa de la playa, y yo no encontré motivo alguno para rechazar su ofrecimiento porque estaba convencida de que si uno no quiere, dos no pelean, y yo estaba pero segurísima de no querer rien de rien, que diría Edith Piaf.


    Para mi sorpresa, la torre de Sergi resultó ser un maravilloso chalecito en la Costa Brava y aquellos días con sus noches se convirtieron en una experiencia realmente digna de recordar: Baños nocturnos en el mar, huevos fritos con patatas a las tres de la mañana, bailes exóticos en el jardín y sobre todo risas, muchísimas risas. Muchas más que copas, que ya es raro… No obstante, y aunque las intenciones de Sergi para conmigo eran más que evidentes, a mí, qué quieren que les diga, el chaval me ponía entre poquísimo y nada, probablemente porque no era en absoluto mi tipo y porque el pobre era más chulo que un ocho, así que no tenía ninguna intención de permitir que llegase la sangre al río por mucho que él se esforzara con sus bromas, sus atenciones y hasta llevándome el desayuno a la cama el sábado por la mañana. Y sin embargo y a pesar de ello, la última noche, ebria de risas, de vino del Priorat y de ginebra menorquina, dejé que Sergi me robara un beso con la excusa de desenredar una luciérnaga de mi pelo y antes de que pudiera darme cuenta, lo que estaba enredado eran nuestros cuerpos entre las sábanas de su cama con vistas al Mediterráneo…


    Inesperadamente el sexo resultó más que satisfactorio, aunque probablemente habría  que atribuir este hecho a la evidente devoción de Sergi y no a su habilidad como amante. Y estaba yo aún recuperando el aliento, mientras me preguntaba cómo narices había acabado allí, cuando mi compañero de trabajo, mi amigo, se acurrucó contra mi cuerpo como un niño desvalido y susurró en mi oreja una confesión de amor… Lamentablemente, de amor no correspondido.

     

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