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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 03
    Julio
    2014

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    Asaltacunas

    La primera vez que vi a Salva casi me caigo de culo sobre la arena. A falta de algo mejor que hacer, una amiga y yo habíamos decidido pasar la mañana tostándonos vuelta y vuelta en la playa, y recuerdo que lo primero que pensé al contemplar aquel torso que parecía esculpido por un discípulo aventajado de Miguel Ángel fue que era una lástima que aquel chaval casi, casi pudiese ser mi hijo, porque no voy a negar que si yo hubiese tenido diez, o puede que quince años menos –ejem, ejem- le hubiera arrancado a mordiscos  allí mismo el ajustado y colorido traje de baño tipo slip que el muchachito lucía con gran acierto.


    No les habrá resultado difícil concluir que Salva estaba cañón. Y me da igual que ahora vengan puritanos y seguidores de Don Francisco, y elijan ustedes al Paquito que más les guste o disguste para discernir a cuál me refiero,  a increparme sobre el hecho de que el bomboncito aquel apenas sobrepasara el cuarto de siglo de edad y yo estuviese en plena crisis de la madurez porque, por si no se han dado cuenta, precisamente ese y no otro era el quid de la cuestión, o puede que ese quid estuviese en la tableta de chocolate que tenía el chaval dibujada en el vientre, que a ver quién necesita una razón mejor que esa… Lo cierto es que, lo crean o no, que no negaré que yo fui la primera que no me lo podía creer, a Salva debían de gustarle las maduritas, o “MILFs”, como las llaman ellos ahora que gracias a Internet conocen cada detalle de las películas subiditas de tono, porque tras abordarme con una excusa hilarante de tan ridícula y al cabo de unos minutos de mantener una conversación con la profundidad de un charco, para mi sorpresa Salva me pidió mi número de teléfono. Juro que al principio me negué a dárselo, pero su insistencia, la de mi amiga y la del diablillo con liguero y zapatos de tacón de aguja que apareció de repente sobre mi hombro, hicieron que al final accediese, dando por sentado, sin embargo, que al día siguiente el quesito aquel ni siquiera recordaría a quién pertenecía aquella cifra grabada en su Blackberry.


    Pero aquella misma noche recibí un whatsapp de un número desconocido cuyo propietario no tardó en identificarse. Era él. Y quería invitarme a un mojito en un bar de cuya existencia yo ni siquiera había tenido conocimiento hasta entonces.


    En esta ocasión mi Pepito Grillo ni siquiera presentó batalla a la diablilla que ya campaba a sus anchas sobre mi hombro y mi conciencia, y en menos de una hora, de la cual tardé al menos la mitad en decidir qué pieza de mi guardarropa era la más juvenil, mi jovencísimo churri me recibía en la puerta de aquel bar de copas lleno de universitarios y me cogía de la mano con la mayor naturalidad del mundo para guiarme hasta la barra.


    Aquella noche no me tomé un mojito, sino tres o cuatro. Y otros tantos tequilas. Y un par de chupitos de colores que yo no logré identificar pero mi hígado sí, y los clasificó en la carpeta de “mañana te vas a arrepentir”. Y al cabo de más de tres horas de ji-jis y ja-jas y de un montón de conversaciones inconclusas sobre música, y surf, y motos, y varios temas más sobre los que entendía poco o nada, Salva se me acercó con una sonrisa traviesa dibujada en aquel rostro suyo sin una sola arruga y me plantó un beso en los morros que me quitó cualquier rastro de duda que pudiera quedarme sobre qué demonios hacía yo tonteando con un chiquillo quince años más joven.


    Media hora más tarde estábamos en su casa, y aún a riesgo de que en adelante mis amigas me conocieran por el apodo de asaltacunas, a la mañana siguiente decidí que a partir de aquel día me replantearía seriamente mis convicciones previas sobre no liarme con ningún hombre con el que tuviese una gran diferencia de edad. O al menos con los que tuvieran diez años menos y estuvieran tan buenos como Salva.
     

     

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