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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 08
    Junio
    2014

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    Atracción fatal

    El problema de Pedro no era que tuviese dificultad para elegir entre altas o bajas, morenas o rubias, delgadas o voluptuosas. Ni siquiera era que le gustasen más lánguidas que apasionadas, o tímidas que seguras de sí mismas, o simpáticas que distantes. Qué va. El gran problema de Pedro era que le gustaban todas….


    Tras la lectura de esta afirmación, la mayoría enarcará una ceja a lo Escarlata O’Hara y se preguntará dónde está el problema, convencido de que esto, más que un inconveniente, es toda una ventaja ya que, por pura lógica, los holgados, casi inexistentes, criterios de selección aseguran el éxito en un alto porcentaje de las ocasiones en que el aficionado a la caza se viste de camuflaje y sale de cacería. Y al fin y al cabo ese es el sueño de la inmensa mayoría de los varones. Pero el problema reside en que Pedro pertenece a ese tipo de hombre, tan común por otra parte, totalmente incapaz de resistirse al impulso de ligarse a prácticamente todo lo que pertenezca al sexo femenino, en cualquier momento y cualquier circunstancia. Y precisamente en este último punto radica el problema en sí. Porque no importa que Pedro esté enamorado hasta las trancas de su última novia, que el escenario no sea el más adecuado, o que la jaca en cuestión no esté para tirar cohetes; si la mirada es lo suficientemente insinuante y la sonrisa lo suficientemente invitadora, allá que se va él a desplegar sus encantos para conseguir apuntarse otro tanto en su cada vez más larga lista de conquistas. No hay nada que le haga dudar, nada que le haga flaquear, nada que impida que sea el diablillo posado sobre uno de sus hombros el que gane por goleada al insignificante angelote que se aferra con gran esfuerzo al hombro contrario. Nada salvo las Anas.


    Y es que Pedro siente una especial debilidad por todas las mujeres bautizadas con ese nombre tan común y cuyas poseedoras se han convertido para él en las más atractivas, pero también las más temidas de las féminas.


    Tardó unos cuantos años en darse cuenta de la atracción fatal que parecía sentir hacia todas las mujeres así llamadas. Años de Cármenes, Marías, Susis y Rosas que pasaban de largo por su cama y por su vida, con lo que cuando una Ana hacía acto de presencia, y él caía totalmente rendido a sus pies durante unos meses, a veces más, pocas veces menos, tras la siguiente tanda de Sonias, Raqueles, Mónicas y Lucías, ya había olvidado que aquella mujer divertida, inteligente y tan sexy que lo había vuelto completamente loco durante más tiempo del que era habitual en él, aunque para la mayoría fuera apenas nada, se llamaba, una vez más, Ana. Así que Pedro tuvo que asumir que cuando una Ana hacía su aparición en su vida, nunca, jamás, pasaba desapercibida, y empezó a temerlas casi tanto como a buscarlas, y a estremecerse cada vez que alguna de las féminas a la que tanteaba pronunciaba el tan temido nombre al estrechar su mano y regalarle dos besos.


    No había lugar a equívoco: si se llamaba Ana, a él le encantaba. O puede que a aquellas alturas fuese ya al revés. Lamentablemente, ni siquiera las Anas eran capaces de conseguir que Pedro dejase de mirar para el cañizo y sintiera deseos de serle fiel a una sola mujer, así que la historia se repetía indefectiblemente con todas y cada una de ellas: por mucho que él se hiciese el firme propósito de llevar aquella relación a buen puerto, pasado el periodo de enamoramiento, uno de ellos, o ambos, acababa con el corazón hecho añicos.


    Por eso, porque estaba harto de dañar y hacerse daño, cuando aquella noche conoció a una espectacular morena de ojos de gata que le sonrió desde lejos e hilvanó con acierto dos frases seguidas, al presentarse ella y vocalizar el fatídico nombre, Pedro no lo dudó y sin darle ni darse opción alguna, ni aportar ningún tipo de explicación, se dio la vuelta y huyó de allí como alma que lleva el diablo, dejando a una boquiabierta Ana preguntándose qué demonios le había pasado a aquel tipo.
     

     

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