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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 08
    Mayo
    2014

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    Aventuras de viaje

    Hace unos pocos años, un buen amigo y yo misma elegimos Estambul para pasar nuestras vacaciones de primavera, que es cuando se cogen sus días de descanso la mayoría de los solteros sin hijos con el fin de evitar las aglomeraciones familiares del verano. Queríamos, además de conocer la ciudad, ir de compras, de ruta gastronómica y de ligue, por ese orden, y a mí me encantaba el plan porque incluía, a buen seguro, muchas risas y un buen puñado de aventuras. No obstante, les confieso aquí y ahora, que lo de ir de cacería tampoco es que me atrajese demasiado porque, a pesar de que comparto la premisa de viajar haciendo lo posible por integrarse en el lugar que se visita, y qué mejor forma de integrarse que mezclarse con la población autóctona, yo, qué quieren que les diga, soy más de visitar monumentos, probar los platos típicos y, como mucho, hacerme un tatuaje de henna. Lo del ligoteo vacacional, no voy a engañarlos, suele parecerme una absoluta pérdida de tiempo, porque al fin y al cabo para eso siempre hay  tiempo en casa y sin necesidad de gastarse un pastizal. Pero claro, a ver quien le contaba eso a mi amigo, que había insistido en escoger Turquía porque había oído rumores de que los turcos eran buenos amantes y estaba totalmente dispuesto a comprobarlo por sí mismo cuantas veces fueran necesarias para verificar la teoría. Y a ver quién lo convencía de lo contrario.


    Así que para allá que nos fuimos. Y ahora podría contarles un montón de anécdotas diferentes, como que adquirí una colcha maravillosa, de seda y terciopelo, por un precio ridículo, después de regatear durante más de dos horas, tomarme cuatro tés con menta y finalmente prometerle al vendedor una cita a la que nunca asistí, con lo que tuve que esconderme del humillado y estafado mercader durante el resto de mi estancia en la ciudad cada vez que entraba en el Gran Bazar. O que en un restaurante en el que no hablaban ningún idioma que no fuese turco tuve que mugir y balar, y no es una forma de hablar, sino que tuve que hacerlo literalmente, para lograr que el camarero entendiese que no era cordero lo que quería, sino ternera…


    Pero les contaré que, un día, callejeando por el Gran Bazar, conocimos a dos hermanos turcos que estaban cañón. Eran hijos de los propietarios de una tienda de alfombras y no sobrepasaban, ninguno de los dos, los treinta años, pero eran a cual más guapo al estilo turco: grandes ojos oscuros, bocas sensuales y piel morena. Ya les dije que yo en los viajes no estoy por la labor de hacer grandes esfuerzos en lo que al ligoteo se refiere, pero el que parecía más joven de ambos insistió casi más en que le diera mi número de teléfono móvil que en que comprase una alfombra, así que finalmente decidí que total, tampoco tenía nada que perder y accedí, a lo del teléfono, digo, no a lo de la alfombra, y le respondí que bueno, que vale, cuando prometió llamarme aquella misma noche para llevarme a dar un paseo a orillas del Bósforo, antes de que mi amigo me arrastrar lejos de allí para continuar  con nuestras compras.


    Aquel chico, del que ya ni siquiera recuerdo su nombre, me envió un mensaje aquella misma tarde, y acordamos que me recogería en mi hotel al caer la noche. Así que cuando el almuecín terminó su llamada y los últimos rayos del sol desaparecieron, yo dejé a mi amigo viendo el canal internacional en la habitación y fui al encuentro de mi propia pasión turca.


    Pero lo que no hubiese imaginado jamás era que quienes me esperaban fuesen ambos hermanos, sonrientes y en apariencia ajenos a mi expresión de sorpresa, y que, tras saludarme con gran efusividad, me propusieran casi al unísono y pisándose las palabras el uno al otro: “Mi hermano y yo hemos pensado que podríamos ir los tres a nuestra casa y divertirnos juntos. ¿Qué te parece?”. Y entonces fue cuando yo, sin dudarlo ni un instante, di media vuelta y regresé a la seguridad de mi habitación del hotel.
     

     

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