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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 12
    Mayo
    2014

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    Burbujas con sorpresa

    Cuando Sandra me llamó anoche se reía tanto que me fue totalmente imposible descifrar lo que trataba de decirme hasta que le pedí, ya harta, que se tranquilizara y me hablase en un idioma que pudiese entender, porque con aquella cacofonía no había manera. Así que mi amiga respiró hondo, se calmó, y yo pude comprender, de una vez por todas, que el motivo de su exaltación se debía a que, al parecer, el pasado fin de semana había protagonizado un episodio digno de  una sit-com tipo Friends o incluso Sexo en Nueva York, porque ya se sabe que la realidad supera la ficción en la gran mayoría de los casos.


    En aquel episodio en cuestión intervenía, cómo uno, un hombre llamado Esteban, un guapo sevillano con el que mi amiga había tenido hasta entonces una especie de asignatura pendiente desde que lo había conocido algunos meses atrás durante uno de los muchos congresos nacionales a los que asistía cada año por motivos profesionales. El hecho de que Esteban fuese además tremendamente divertido había hecho que Sandra conectase con él casi de inmediato, y ya desde aquella primera noche habían compartido risas y complicidad en un bar de moda de aquella ciudad del sur de España en el que acabaron esos mismos que al día siguiente asistirían a las ponencias con gafas de sol y chupando pastillas de menta extra fuertes para enmascarar el aliento etílico.


    …Así que Esteban y Sandra se habían hecho amigos, y cuando terminó aquel simposio, se dieron sus respectivos números de teléfono y siguieron en contacto, intercambiando llamadas, cotilleos y chistes, hasta que, meses más tarde, coincidieron en el congreso siguiente. Y de esta manera, de ciudad en ciudad, de risa en risa y coqueteo en coqueteo, habían llegado a la noche de autos, es decir, la del pasado fin de semana, en el que, al parecer, había sucedido eso que a mi amiga le parecía tan sumamente gracioso:


    De nuevo, Esteban y Sandra se habían encontrado en uno de los muchos eventos profesionales a los que solían asistir, y como venía ocurriendo durante los últimos meses, ambos habían aprovechado cada minuto libre para pasarlo juntos. A aquellas alturas era más que evidente que la atracción era mutua y que sólo era una cuestión de tiempo que dejaran de comerse tan sólo con los ojos y se atreviera a disfrutar del festín, con lo que ninguno de los dos se molestaba ya en disimularlo…


    Así que aquella noche, después de que tanto él como ella terminaran sus respectivas cenas de trabajo, la pareja se escabulló para encontrarse en uno de los bares de la ciudad, y entre risas y gin-tonics se adentraron en la madrugada. Y cuando el camarero les anunció la hora del cierre, Esteban propuso a Sandra hacer una locura: Fingir en la recepción de su hotel que la tarjeta que funcionaba como llave se había desprogramado y acceder de esta manera engañosa a la suite de lujo, como si en realidad él se estuviese hospedando en ella, para disfrutar así del jacuzzi que, al parecer, había en aquella habitación. Sin pensárselo demasiado, Sandra aceptó el reto, creyendo en realidad que el recepcionista nocturno se daría cuenta de la treta y les reprendería por su travesura antes de echarlos como a agua sucia. Sin embargo, para su sorpresa, el empleado picó el anzuelo, y al poco, la desvergonzada pareja hacía su entrada triunfal en la suite presidencial de aquel hotel de cinco estrellas. Después, con la excitación que inevitablemente brinda la clandestinidad, llenaron la cubitera en la máquina expendedora de hielo del pasillo, descorcharon una botella de champán y, tras llenar el jacuzzi y rociarlo con todas las sales que encontraron, se desnudaron y se metieron dentro. Evidentemente, apenas unos segundos más tarde habían pasado ya a la acción.


    Y tan concentrados estaban en devorarse el uno al otro que ni siquiera se dieron cuenta de que el agua se enfriaba, ni de que amanecía, ni tampoco de que dos estirados turistas vestidos de marca habían entrado al que probablemente iba a ser su alojamiento y los observaban, atónitos y sin dar crédito, desde la puerta de aquel cuarto de baño de lujo.
     

     

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