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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 06
    Julio
    2014

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    Cada loco con su tema

    No es que Ana estuviese desesperada, pero sí que era cierto que a sus treinta y seis años no había vuelto a tener una relación sentimental que pudiese clasificarse como tal desde que había echado a su novio del nidito de amor que habían compartido apenas unos meses, cuando descubrió que se había gastado en marchas con sus amigotes todo el dinero que ella había reservado para pagar el alquiler del mes. Y de aquello hacía ya más de doce años. Desde entonces, Ana había ido descartando a todos los ególatras, chulos, maltratadores, infieles, inmaduros, freaks y un largo etcétera, que se había encontrado aquí y allá, sin perder nunca la esperanza de que, en alguna parte, escondida entre tanta mierda, hubiese florecido una orquídea, rara y preciosa, que ella encontraría si continuaba su búsqueda sin dejarse vencer por el desaliento. Al fin y al cabo, se decía en los momentos en que la vencía el desánimo, los diamantes no estaban al alcance de la mano de cualquiera, sino que había que arrancarlos de las entrañas de la tierra con mucho esfuerzo y perseverancia.


    Y sin embargo, el tiempo pasaba, su reloj biológico la ensordecía con su insistente tic-tac y Ana no conseguía dar con el amor de su vida, así que, cuando una amiga le habló de una nueva página de contactos que parecía una web seria y no el coto de caza de un montón de pervertidos que solía ser la mayoría, decidió jugársela y abrirse un perfil, con foto y todo, aún a sabiendas de que tendría que dedicarle muchísimo tiempo a separar el trigo de la paja, si es que llegaba a encontrar trigo entre aquel montón de rastrojos.


    Al cabo de algún tiempo, cuando ya empezaba a creer que no se toparía con nadie a quién mereciese la pena conocer en aquella web en la que, al final y cómo no, también proliferaban los ligones profesionales y los raritos, y estaba a punto de perder la esperanza a base de desengaños y decepciones varias, Ana recibió un mensaje de un tal David en el que, para su sorpresa, no había ni alusiones sexuales, ni ridículas declaraciones de amor eterno tan improcedentes como poco creíbles, así que decidió tirarse a la piscina y contestar.


    Pasaron algunas semanas de intercambio diario de correspondencia y risas tecleadas, y al otro lado de la pantalla David se mostraba divertido, amable y, lo más sorprendente de todo, no parecía tener ningún interés en intercambiar fotos de contenido sexual explícito ni en que chatearan con webcam y poca ropa, además de que su foto de perfil mostraba un hombre de rasgos agraciados y bastante atractivo, así que resultó casi inevitable que Ana comenzara a fantasear con la posibilidad de que por fin hubiese encontrado al padre de sus hijos. No obstante, no quiso precipitarse ni parecer desesperada, y esperó a que fuera su novio virtual quien propusiera un encuentro cara a cara. Sin embargo, David no parecía tener interés en conocerla en persona, y cada vez que ella lo sugería, él se mostraba melancólico y evasivo.


    Los extraños cambios de humor de David y su negativa a concertar un encuentro en persona confundían cada vez más a una Ana cuya frustración iba creciendo con cada excusa, así que un día, ya harta, le plantó un ultimátum en todos los morros y le dijo que o se veían las caritas de una vez por todas, o se acababan los chateos, las risas y el buen rollito. Y David pasó por el aro. Qué remedio.


    Así que quedaron para tomar un café una tarde como otra cualquiera, y lo crean o no, David era el apuesto morenazo que salía en la foto de su perfil, y era también amable y divertido… A ratos… Porque la sorpresita que guardaba en la chistera el ligue virtual de una atónita Ana era, nada más y nada menos, que estaba aquejado de un trastorno bipolar severo. Y para demostrárselo le enseñó la caja de Zyprexa que llevaba consigo. Y entonces Ana entendió aquellos extraños cambios de humor, y que no quisiera ir más allá, y entendió, sobre todo, que definitivamente aquel no sería el padre de sus hijos.
     

     

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