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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 28
    Septiembre
    2014

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    Cambio de rumbo

    Desde que era muy pequeña Irene había sentido una irresistible atracción por el sexo opuesto. A aquella chiquilla alegre pero algo tímida le gustaban tanto aquellos misteriosos seres de gustos y comportamientos tan diferentes a los suyos y los de sus amigas que había tenido su primer novio en el jardín de infancia, aunque éste había cortado con ella al día siguiente de anunciar su noviazgo a toda la clase porque su amiga Estefanía había llevado consigo su nuevo juego de Legos y Sebastián, porque así se llamaba aquel niño moreno del que ya ni siquiera recordaba su rostro, no había dudado en replantearse su lista de prioridades inmediatamente. Luego, mucho más tarde, durante el último curso de primaria, Irene había experimentado su primer beso, mucho más húmedo y definitivamente menos estimulante de lo que ella había esperado, con el repetidor más carismático y pendenciero del colegio, Chago, que apenas unas semanas más tarde y sin mediar explicación alguna, la había sustituido por Mariana, una niña flacucha y mucho más fea que ella, pero infinitamente menos tímida. Y cuando poco después, ya en el instituto, sus hormonas le gritaron que había llegado el momento de tener su primera relación sexual, como la mayoría de las adolescentes, Irene se había apresurado a atender aquella ineludible llamada, escogiendo para ello a un muchacho atormentado y pasional que, tras un par de revolcones sumamente interesantes pero indudablemente poco satisfactorios, se había tornado tan posesivo e irascible que ella había salido huyendo como alma que lleva al diablo, sin atender ni las súplicas, ni los llantos de su enamorado. Pero ninguna de aquellas experiencias tan precoces como desalentadoras había logrado que la pasión de Irene por los hombres se diluyera en el mar de la decepción y el desencanto.


    Sin embargo, poco antes de que Irene cumpliese la mayoría de edad ocurrió algo que lo cambió todo: Su madre murió inesperadamente. Sin el apoyo y consuelo que sólo las progenitoras psicológicamente sanas pueden brindar y a solas con un padre deprimido y egoísta que no le prestaba más atención que la imprescindible para cubrir sus necesidades básicas, la frágil autoestima de la adolescente se había subido entonces a un ascensor que ya no paró de descender hasta llegar al mismísimo infierno.


    Privada del amor primigenio cuando más lo necesitaba y sin más afecto que las pocas migajas que su padre le brindaba esporádicamente, Irene empezó a encadenar entonces una relación tóxica con la siguiente, aceptando el amor que creía merecer; amores egoístas, inmaduros y destructivos que, poco a poco, fueron minando, no sólo su autoestima, sino peor aún, su fe en las relaciones de pareja. Así, Irene se enamoraba de hombres que sólo la querían para tener una aventura esporádica, de casados sin ninguna intención de dejar a sus mujeres, de inmaduros sin capacidad para comprometerse, de coleccionistas de trofeos y monógamos compulsivos… Relaciones todas abocadas a un inevitable fracaso y a romper irremisiblemente y una vez más el malogrado corazón de Irene, con tantas cicatrices ya que, más que corazón, parecía albergar dentro del pecho un amasijo sanguinolento y deforme.


    Un día, con la treintena ya avanzada y aún reciente su última ruptura, Irene accedió a acompañar a una de sus mejores amigas a una fiesta que organizaba una de sus compañeras de trabajo. Para sorpresa de ambas, al poco de llegar las dos amigas se percataron de que sus asistentes eran exclusivamente mujeres. Sin embargo, al cabo de un par de horas y otros tantos cócteles, Irene comprobó que se lo estaba pasando estupendamente hablando con unas y otras y ya pasada la medianoche, ni siquiera se dio cuenta de que su amiga se había ido, de tan ensimismada como estaba charlando con una chica culta y carismática que acababa de conocer… Y tan fascinante le pareció aquella mujer, que aceptó intercambiar los números de teléfono para salir un día juntas a tomar un café y seguir con aquella charla tan interesante que se vio interrumpida casi al amanecer. Y a ese café le siguió otro, y a ese otro, una cena, y sin siquiera planteárselo, Irene se había enamorado de una persona que, por una vez, no le rompió el corazón.
     

     

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