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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 30
    Noviembre
    2014

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    Carta a una soltera

    Querida soltera:


    No esperes más. No insistas. Él no llegará nunca. O sí. Pero desde luego no hay ninguna garantía de que vaya a hacerlo. De hecho es muy probable que te pases el resto de tu vida esperándolo y él no aparezca jamás. No es que no exista, puede que sí, pero ¿sabes las posibilidades que tienes de encontrarlo? Pocas. Apenas ninguna. Y no te engañes: tus amigas, esas que crees que lo han encontrado, en realidad no han encontrado nada. Sólo se conformaron. Se quedaron con el primero que pasó. Con el primero que les prometió la luna. Con el primero con el que se acostaron. Con el primero que les pidió que se casaran o que se fueran a vivir juntos. Y ahora, tropecientos años después, siguen con ellos –y sin luna, que te quede claro- no porque sean los hombres de su vida, ni porque estén enamoradísimas, ni porque ellos sean excepcionales, sino porque son los padres de sus hijos, los que las mantienen o las ayudan a pagar la hipoteca de una casa que ellas jamás podrían permitirse, o sencillamente, en la mayoría de los casos, porque les aterroriza estar solas. Y nada más.


    Sí, vale, es verdad que hay unas pocas que encuentran a esa persona entre un billón con la que conseguirán la proeza de mantener la llama viva el resto de su vida. Y también hay a quien le toca la lotería. Pero todos sabemos lo tremendamente difícil que es. Sí, ya sé que tú eres una optimista y que no quieres rendirte, que quieres creer que tú serás una de esas afortunadas que consiga el boleto ganador. Tú misma… ¿Estás segura de que quieres pasarte el resto de tu vida esperando que aparezca tu media naranja y decepcionándote una y otra vez cuando no la encuentres y todos los cítricos te parezcan limones? O lo que sería muchísimo peor, ¿de verdad quieres conformarte con el primer capullo que se digne a quedarse contigo? ¿Acaso no te mereces escoger?


    Quizás si tuvieras el valor de enfrentarte a la realidad de que no estás incompleta, de que no necesitas a un hombre a tu lado para ser feliz, de que sola puedes realizarte tanto o más que acompañada y desde luego infinitamente más que mal acompañada. Quizás si te atrevieras a intentar valerte por ti misma, sin depender de nadie, y no me refiero económicamente sino, sobre todo, emocionalmente. Si entendieras de una vez por todas que no eres ninguna solterona, sino una mujer independiente capaz de disfrutar de su estado de soledad escogida, que no espera a nadie, que no se resigna ni se conforma, sino que es ella y sólo ella, entonces, te aseguro que ya no te haría falta ningún tío al lado que te dijera lo que tienes que hacer ni cómo tienes que ser. Ya no necesitarías un hombre que te hiciera sentir segura. Y, sobre todo, dejaría de importarte que los demás te llamasen solterona o te compadeciesen.


    No te equivoques, esto no es un canto al feminismo ni una promoción de la homosexualidad. Aunque, por supuesto, eres libre de ser una defensora de nuestros derechos, mientras que eso no te convierta en una fanática desquiciada. Y también eres muy libre de enamorarte de otra mujer, si eso es lo que quieres. Porque esa precisamente es la cuestión: que seas tú y sólo tú quien escoja lo que quiere. No lo que quiera tu madre, ni tus amigas, ni tu novio de toda la vida. Lo que tú quieras. No olvides que la cosa no va de posicionarse en el lado contrario al que has estado siempre, la cosa no va de odiar a los hombres ni de intentar ser como ellos, sobre todo porque no somos como ellos ni lo seremos jamás. Es una mera cuestión biológica… No. Sólo se trata de no seguir esperando a que suene la flauta, de no vivir con la ansiedad permanente que genera la creencia de que él puede estar a la vuelta de la esquina. A la mierda la esquina. Y a la mierda ese “él” que probablemente ni siquiera exista. Date la vuelta y escoge otro camino. El tuyo.
     

     

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