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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 04
    Abril
    2014

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    Como está el patio

    Mi amiga Mónica es una mujer guapa, divertida e inteligente, al menos lo suficientemente inteligente como para no tener que gastarse un pastizal en psicólogos y libros de autoayuda por el hecho de estar a punto de abandonar la treintena y no haber conocido aún a un hombre que la convenza de que renuncie a su escogida soltería. Pero es que, según Mónica, el panorama es de todo menos esperanzador, y a estas alturas de la película, lo que queda disponible en el mercado es para echarle de comer aparte. Para ilustrar sus palabras, en nuestra última charla mi amiga me contó su más reciente experiencia con uno de estos especímenes. Juzguen ustedes:


    Por lo visto, Mónica había conocido a Dani en casa de una amiga, durante la fiesta de cumpleaños que ésta había organizado para su marido. El tipo era un compañero de trabajo del homenajeado, y según me contaba Mónica, entre ambos habían saltado chispas casi desde el instante en que se miraron. Luego, tontearon descaradamente durante toda la velada y finalmente, él le pidió a ella el número de teléfono para quedar algún otro día.


    Poco después, Dani contacto con mi amiga y le propuso que cenaran juntos aquel mismo viernes, en un restaurante que, además y casualmente, les gustaba mucho a los dos. Así que cuando llegó el día, Mónica se engalanó como si fuera a asistir a la ceremonia de entrega de los Goya y para allá que se fue, tan contenta, ella.


    La cena fue agradable, aunque tampoco como para tirar cohetes, ya que la actitud general de su acompañante le parecía a mi amiga ligeramente indolente, sin embargo, Mónica decidió que la atracción que sentía por aquel hombre bien valía aguantar hasta los postres, así que se dedicó a beber tanto vino como para atontar a su exigente Pepito Grillo, y la velada trascurrió sin contratiempos. No obstante, ni metiendo a su conciencia en un fumadero de opio chino hubiera podido pasar por alto lo que ocurrió cuando llegó la cuenta, y es que, al parecer, tras estudiarla minuciosamente, Dani señaló lo que había pedido cada uno, para que ambos pagasen estrictamente lo que habían consumido. A mí amiga, que de tonta no tiene un pelo, no se le escapó que, para más inri, los impuestos le tocó pagarlos a ella, porque el espabilado de su acompañante se limitó a descontar lo que él había comido y bebido del importe total de la cuenta, e indicarle a ella que debía pagar la diferencia. Un derroche de generosidad y galantería, vamos.


    Aunque aquel roñoso gesto le había quitado a Mónica las ganas de alargar mucho más la velada, y a ver si no era para menos, Dani insistió en que fueran a tomar una copa a un bar cercano al restaurante, y a mi amiga no le quedó más remedio que aceptar, a regañadientes, convenciéndose de que era imposible que nada de lo que hiciera su acompañante empeorara su ya totalmente malograda reputación… Pero se equivocaba, porque al llegar a la barra del atestado local, Dani le propuso, como quien no quiere la cosa, que hicieran una vaca para sufragar los gastos de lo que bebiesen. Atónita, y a pesar de que ella sólo quería un refresco, mi amiga se dijo que total, para qué discutir, y desembolsó la cantidad que él había propuesto, porque lo único que le apetecía ya era terminar de una vez con aquella pesadilla e irse a su casa a quitarse los tacones y el mal cuerpo que le estaba dejando aquel imbécil. El tipejo, sin embargo, continuó en su línea de caradura y  aprovechó para sufragarse también la copaza, pidiendo un whisky añejo on the rocks. Con un par.


    Mónica apuró su bebida y se fue de allí jurando no volver a ver a aquel cretino, y hasta estuvo a punto de borrar directamente el mensaje suyo que recibió cuando ya estaba a punto de meterse en la cama, pero pensando que quizás el tipo había recapacitado y quería disculparse por escrito, finalmente decidió leerlo. Y esto fue lo que se encontró al abrir el mensaje: “Mándame una foto tuya bien caliente, cariño”.


    Así está el patio, señores.
     

     

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