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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 22
    Junio
    2014

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    Corazones rotos

    Dicen los científicos y entendidos que el corazón no tiene nada que ver con los sentimientos o las emociones y que en realidad, las responsables de todos nuestros sobresaltos mal llamados del corazón son las diferentes reacciones químicas que se producen en nuestro cerebro al recibir los distintos estímulos del exterior. Y sin embargo, aquel día, el último, Carla sintió un crujido inequívoco dentro del pecho que la dejó sin aliento durante unos segundos y le provocó el reflejo instintivo de alzar la mano para apoyarla sobre su corazón, como queriendo protegerlo, y evitarle y evitarse el dolor insoportable que su ruptura le estaba haciendo sentir.


    ¡Cómo dolía! Cómo dolía asumir que sus continuados esfuerzos para que aquello funcionara no habían servido de nada, que había fracasado de nuevo, que había vuelto a equivocarse y tendría que comenzar de nuevo, reconstruir su vida partiendo de cero. Otra vez… Sí, ya sabía que algunos le dirían que todo tiene un principio y un final, que todo se acaba, que había que asumir aquella nueva ruptura no como un fracaso, sino como el fin de una etapa y el comienzo de otra nueva, que nadie podría quitarle jamás los años de bonanza, de risas y besos, de vacas gordas. Pero, ¿qué más daba toda aquella palabrería? ¿Qué sabían ellos? Ellos no tenían el corazón hecho añicos, ellos no tendrían que recoger sus pedazos y volver a pegarlos, poco a poco, con constancia pero sin ganas, y procurando que las juntas pasasen desapercibidas. Pero no lo harían. Quedarían cicatrices, cicatrices profundas y bien visibles para todo aquel que se acercara lo suficiente y que se traducirían en hirientes sarcasmos, en la incapacidad para volver a creer; en la pérdida de la inocencia.


    Nadie podía decir que Carla no lo hubiese intentado con todas sus fuerzas, que no eran muchas ni pocas, sino las suyas, que no hubiese invertido cada gota de su sudor y de su sangre en que su relación con el que había sido su marido durante siete largos años no acabara estrellándose contra los arrecifes de la rutina y la desidia, a pesar de la indiferencia con la que él recibía cada uno de sus intentos para mantener a flote aquel barco que hacía aguas por todas partes desde hacía ya demasiado y cuyo inminente naufragio parecía importarle sólo a ella. Y había sido precisamente aquel esfuerzo casi sobrehumano el que la había desbordado, el que la había exprimido por completo dejándola como lo que era ahora, o al menos como se sentía: un cascarón vacío.


    Porque Jorge no podía, o quizás no quería percatarse de que, últimamente, cada vez que Carla le preparaba su plato preferido, o se compraba ropa interior sexy, o lo abrazaba por sorpresa y sin motivo aparente, estaba en realidad lanzando sus últimos estertores, reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban antes de la muerte definitiva, del abandono absoluto, esforzándose por hacer un último intento desesperado, casi suicida, por reflotar aquel matrimonio que, en realidad, fue completamente desahuciado el día en que él dejó de corresponder a sus besos y de apreciar sus esfuerzos. Aunque, ahora que lo pensaba, quizás no los hubiese apreciado nunca y ella sólo había estado engañándose durante todos aquellos años.


    Carla sabía lo que le esperaba durante los próximos meses: El llanto incontrolado e incontrolable, el odio acérrimo hacia cualquier representante del sexo masculino, la promiscuidad y, por fin algo bueno; los kilos de menos, porque ya decía su abuela que no había nada como un buen disgusto para adelgazar. También sabía que lo echaría de menos algunas noches, aferrándose a la almohada y a algún recuerdo lejano de cuando aún eran felices, para luego recordarse a sí misma inmediatamente que las cosas habían dejado de ser así entre ellos hacía mucho ya y que también había añorado aquellos buenos momentos cuando aún dormía a su lado cada noche, antes de repetirse una vez más, como un mantra, que mejor sola que mal acompañada… Así que suspiró, se enjugó las lágrimas, dejó sus llaves sobre el aparador de la entrada y cerró tras de sí la puerta del que había sido su hogar durante los últimos años. No miró atrás.
     

     

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