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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 28
    Febrero
    2015

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    Las Palmas Gente desamor relaciones calabazas

    Desencuentros

    Mi amiga Yaiza tenía un vecino de toda la vida que la miraba con ojitos de cordero degollado cada vez que ambos se encontraban en el ascensor, en el portal del edificio,  o incluso en el súper del barrio, en las frecuentes ocasiones en que se veían obligados a hacerles los recados a sus respectivas progenitoras… Mario, porque así se llamaba el vecino, aunque ella esto no lo supo hasta pasados muchísimos años, había visto crecer a Yaiza, pues su familia se había mudado al edificio donde vivían también los padres de ella cuando mi amiga era poco más que una chiquilla redondita y demasiado alta para su edad y él un adolescente desgarbado, con acné, pelo rebelde y gafas de pasta que le daban un cierto aire a Mr. Magoo. No obstante, sí recordaba mi amiga que desde el primer día Mario la había mirado con el mismo embeleso con el que continuó contemplándola durante los diez años siguientes, hasta que ella se fue a la universidad y abandonó la casa familiar.


    Luego, Yaiza siguió coincidiendo con Mario y su mirada de enamorado en zaguanes y descansillos, pero ella estaba demasiado concentrada en su último amor, su próximo examen, o su nueva mejor amiga y no se percató de cómo el patito feo se convertía lentamente en un cisne de denso y oscuro pelo ondulado y unos maravillosos ojos verdes que una milagrosa operación dejaba ahora apreciar sin la gruesa lente deformante a través de la que el muchacho había observado el mundo hasta entonces.


    Pero un día, cuando Yaiza rozaba ya la treintena y había salido con algunas amigas para olvidar su desengaño amoroso más reciente, se dio de bruces con el nuevo Mario, con quien hacía ya algunos años que no se encontraba, y las exclamaciones de admiración de todas y cada una de sus acompañantes la obligaron a percatarse al fin de que su antiguo vecino se había convertido en un bombonazo de los de quitar el hipo, el “sentío” y hasta las bragas. Así que se detuvo y lo saludó con sincera perplejidad y fingido entusiasmo, observando, satisfecha, aunque tenía que confesar que no sin asombro, lo feliz que él parecía de reencontrarla y la familiaridad de los viejos conocidos con que la trataba. Así que mi amiga balbuceó cuatro tópicos y se terminó su copa de un largo trago para intentar recuperar el control que había perdido al enfrentarse a aquella mirada esmeralda y aquel cuerpo de atleta hasta que, finalmente, consiguió recobrar el aplomo y hacerse con la situación, punteando la conversación con risas y coqueteo de manual, mientras se decía a sí misma que donde hubo, siempre queda y que aquello estaba “chupáo”.


    Entonces, confiando ciegamente en lo que había atisbado en los verdes ojos de él durante más de una década, Yaiza decidió saltarse su norma de oro, la de no bajar la guardia jamás antes de estar segura de qué terreno pisaba, ni tirarse a la piscina sin saber si está llena o no y convenciéndose a sí misma de que, al fin y al cabo, Mario era un viejo conocido y, en el fondo, sólo estaban retomando una historia que había empezado el día, hacia ya tanto tiempo, en que un camión de mudanzas se había detenido junto al portal de su casa.


    Quiso olvidar Yaiza todas las veces que fingió no verlo al cruzárselo por la calle, o aquellas otras en las que se reía de él y sus gafas de culo de botella con sus amigas, o también las que lo castigaba con su indiferencia los días que coincidían en el ascensor…


    Así que cuando Mario la acompañó a su casa, tan alto, tan guapo, con aquella mirada verde que ella tan bien recordaba sin recordarla en realidad, Yaiza le ofreció sus labios en un alarde de generosidad insospechado, pero cuál sería su sorpresa cuando él hizo caso omiso al mohín de su boca y sus ojos entrecerrados y le dijo, con un tono que pretendió ser amable pero que resultó terriblemente condescendiente, que mejor seguían siendo amigos, porque no quería hacerle daño.


    Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío. O quizás no.

     

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