Blog 
Apaga y Vámonos
RSS - Blog de María Sánchez Lozano

El autor

Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


Archivo

  • 05
    Junio
    2014

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    Desmontando tópicos

    Sentadas ambas frente a una mesa sembrada de clínex usados y presidida por un par de gin-tonics a medio terminar, Miriam me confesó, entre hipidos y sollozos, que en realidad nunca había existido la más mínima atracción sexual entre el hombre con el que vivía y ella misma. Nada de fines de semana enteros metidos entre sábanas dando rienda suelta a la pasión en los comienzos de su relación, de esos en los acabas con el cuerpo dolorido y una sonrisa bobalicona dibujada permanentemente en la cara. Nada de urgencias sexuales en los lugares más insospechados. Nada de miradas insinuantes, de roces excitantes, de llamadas de la piel ni gritos del cuerpo; en definitiva, nada de química. Nada de nada.


    Y sin embargo Miriam y Jaime se llevaban muy bien. O al menos eso aseguraba ella desde que había conocido a aquel hombre de aspecto apacible y sonrisa amable, hacía ya más de tres años. Se llevaban tan bien, decía, que ella se había empeñado en pasar por alto la obviedad de que una relación sin sexo entre dos personas que se gustan, al fin y al cabo y por mucho que se gusten, no es otra cosa que una relación de amistad, y se había convencido a sí misma de que el sexo no era tan importante cuando existían otras cosas en común como la risa fácil, las mismas aficiones, o una conversación fluida. Y así habían pasado casi cuatro años y ahora Miriam compartía con Jaime una casita en un buen barrio de la ciudad, un grupo de parejitas con las que salían a cenar un fin de semana de cada tres y sexo mensual. Y esto último, con suerte.


    Al parecer, cuando mi amiga había comenzado a asumir que aquella apatía sexual de su churri no era en absoluto normal entre dos personas enamoradas, se había propuesto hacerlo reaccionar, aunque el intento le costara una buena parte de sus prejuicios, un montón de energía y más de un rubor, y se había dedicado a intentar poner en práctica todo tipo de iniciativas divertidas y excitantes: Proponiéndole juegos sexuales, haciendo frecuentes visitas a las tiendas eróticas y provocándolo con todos los recursos que su imaginación y sus propios límites, que eran lo suficientemente laxos, le permitían. Pero no hubo forma. En el peor de los casos, Jaime ni siquiera se daba por aludido, se reía de ella, o peor aún, se enfadaba, acusándola de intentar presionarlo. En el mejor, no existía ningún tipo de reacción. Ninguna.


    Así que, en vista de que sus intentos por estimular a Jaime fracasaban estrepitosamente una y otra vez y se estrellaban contra el frío muro de su indiferencia y su desgana, Miriam, que cada vez acumulaba un grado de frustración sexual más preocupante y que, por primera vez en su vida, hasta entonces más que satisfactoria sexualmente hablando, comenzó a tener sueños eróticos con conocidos y desconocidos casi cada noche, inevitablemente había empezado con las recriminaciones, luego con los llantos, más tarde con los rencores, y finalmente con las amenazas: Si tú no me lo das, tendré que buscarlo fuera de casa. Pero ni siquiera esto parecía haber hecho ningún efecto en su apático consorte, que se había encogido de hombros y había respondido que al fin y al cabo, ojos que no veían, corazón que no sentía. Y había mirado para otro lado.


    Finalmente, ya con el tercer combinado casi vacío, mi amiga me dijo, con la voz pastosa, que lo peor de todo, lo realmente frustrante, lo que de verdad le destrozaba la autoestima era que de un tiempo hasta parte no era raro que sorprendiese a Jaime descargando su propia tensión sexual viendo porno en Internet, y no es que no se molestase en esconderse, es que ni siquiera tenía la decencia de disculparse.


    Reflexionando sobre esta última confidencia de una amiga en una disyuntiva complicada, la inevitable conclusión fue que, sin duda, Miriam y su desganado compañero habían desmontado para siempre el recurrente tópico de la mujer apática, tachada de frígida por tantos durante tantos años, y el hombre con hiperactividad sexual. Aunque quizás su historia no sea más que la excepción que confirma la regla. O no.
     

     

    Denunciar
    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook