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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 16
    Agosto
    2014

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    Doble vida

    Fernando, el novio de mi prima Cristina, era un verdadero encanto. Atento, cariñoso, detallista y romántico, todas las féminas en edad casadera de nuestra familia envidiábamos la suerte de nuestra primita, que para más inri no se cortaba ni un pelo en presumir de novio siempre que tenía ocasión y estaba todo el día que si mi novio esto, que si mi novio lo otro... Aquel dechado de virtudes era además tan habilidoso que, cuando comenzó la crisis y lo echaron del taller donde trabajaba, había montado una pequeña empresa de chapuzas a domicilio que no le iba nada mal, así que ahora Fernando era también nuestro “chico para todo”: Además de arreglarle el cuerpo a nuestra prima, instalaba la nueva la cerradura del piso de mi tía Adelina, colocaba las estanterías de la cocina de mi tía Carmela y hasta le reparaba la lavadora a mi madre, todo ello sin aceptar a cambio más que un cafelito y un trozo de bizcocho, o una cervecita y unas aceitunas en los días de más calor. Así que, ¿cómo no íbamos a adorar todos a Nando, tanto o más que nuestra prima Cristina?


    Nando y Cristina llevaban juntos desde que se habían conocido en el instituto, hacía ya más de quince años, y aunque él era prácticamente uno más en nuestra familia, curiosamente Cristina no conocía a los parientes de su chico. Al parecer, y según contaba el propio Fernando, su único hermano, mucho mayor que él, se había mudado a otra ciudad cuando se había casado, hacía ya mucho tiempo, y se había llevado a la madre de ambos con él, cuya edad avanzada, unida a una salud sumamente delicada, le habían impedido venir a visitarlo en todos aquellos años. Sin embargo, Cristina era una de esas mujeres tradicionales convencida de que conocer a su familia política era un requisito indispensable para consolidar una relación, así que cada cierto tiempo insistía a su querido novio para que fueran ellos los que viajaran hasta donde vivía la anciana, pero a lo largo de todos aquellos años siempre había surgido algún imponderable que los había obligado a cancelar los planes en el último momento, con lo que mi prima jamás había llegado a conocer a su suegra ni a su cuñado. La pobre Cristina apenas sí podía creer en su mala suerte, pero se consolaba con la idea de que no tendría que ser ella la que cuidase de la enfermiza señora cuando por fin su Nando y ella se casasen.


    Como, además, Fernando trabajaba muchísimo para poder pagar el nidito de amor que había comprado pensando en su boda con Cristina, tampoco conservaba apenas ningún amigo, y la mayoría de las veces que salían acompañados, la feliz pareja lo hacía con los amigos de Cristina que también, como no, adoraban a Fernando. De todas formas, los enamorados salían poco, porque Nando trabajaba mucho y a deshoras, haciendo chapuzas por toda la ciudad. Trabajaba tanto, que a veces pasaban hasta tres o cuatro días sin que mi prima pudiese verlo, pero cuando Cristina se quejaba de lo poco que se veían y lo mucho que lo echaba de menos, él le explicaba con dulzura que lo hacía por ellos y su futuro juntos. Y ella lo entendía, claro.


    Pero un día, Fernando no respondió a las llamadas que Cristina hizo a su móvil. Y tampoco lo hizo al día siguiente, ni al otro. Y entonces mi prima hizo lo que hubiera hecho cualquier mujer enamorada: Mover Roma con Santiago para encontrarlo… Y resultó que Fernando, el abnegado y trabajador Fernando, había tenido un accidente de coche y estaba ingresado en uno de los hospitales a los que llamó preguntando por él.


    Aterrorizada y deshecha en llanto, mi prima se plantó en el hospital, preguntó por su número de habitación y corrió en pos de su amado… Para encontrarse que en aquella habitación estaban su suegra, su cuñado y una rubia muy guapa que resultó ser la novia oficial de Fernando y que, por supuesto, no tenían ni idea de quién era la loca que había irrumpido de aquella manera en la habitación del convaleciente. Aunque no tardaron mucho en enterarse; vaya que sí.
     

     

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