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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 16
    Noviembre
    2014

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    El batín

    Paqui estaba tan harta de morderse la lengua para no recomendar a los hombres con los que intentaba mantener una relación que se envolvieran en papel de periódico como los aguacates, a ver si maduraban, que llegó un momento en que tiró la toalla. Ya no volvería a soportar los días de incertidumbre, desesperando al no recibir la llamada de su última pareja, ni la decepción de descubrir que él, un él cualquiera, pero siempre con un acusado Síndrome de Peter Pan, ni siquiera recordaba cuál era la fecha de su aniversario, mientras que ella le había comprado un regalo carísimo, entre otras muchas, muchísimas cosas, pero sobre todo, ya no volvería a sufrir el dolor insoportable de la inevitable ruptura. Otra más.


    No. Aquello se había acabado. Era una mujer independiente, con un trabajo lo suficientemente bueno como para poder pagar el alquiler de su pequeño apartamento y comprarse algún trapito de vez en cuando, lo suficientemente mona como para ligar sin tener que molestarse demasiado cuando salía por ahí a bailar con sus amigas y, lo más importante, lo suficientemente inteligente como para no seguir aguantando a gilipollas que le faltaban el respeto con sus mentiras y sus lágrimas de cocodrilo, sencillamente porque eran tan absolutamente incapaces de comprometerse como de tener la valentía de reconocerlo.


    Así que Paqui, cual madrastra de Blancanieves, encerró su propio corazón en una caja blindada y echó la llave al mar de la indiferencia. Ya no volverían a herirla.


    No era ninguna tonta y sabía que de aquella manera, huyendo del dolor, también tendría que despedirse de las mariposas en el estómago, de la ilusión y de la posibilidad de formar una familia, tal y cómo siempre había deseado. Tendría que renunciar al amor, en definitiva, pero ya no le importaba, al fin y al cabo, hasta entonces sólo le había reportado disgustos y habían acabado secándosele tanto las lágrimas que donde antes había habido una ciénaga de esperanza, ahora no había más que un desierto de decepción.


    No. Ya no volvería a enamorarse. Y si estaba tan segura era porque sabía que, en el fondo, hacerlo o no era una elección personal, por mucho que las pelis de Disney y las novelas rosa proclamaran lo contrario.


    Así que la nueva Paqui comenzó una nueva vida y, para su sorpresa, al cabo de algunos meses de dedicarse a trabajar, hacer deporte y salir con sus amigas a tomar mojitos de vez en cuando, descubrió que sin sobresaltos emocionales se estaba la mar de bien. El delicado asunto del sexo intentó solventarlo con la compra de un aparatito muy mono y de un llamativo color rosa que la sacaba de un apuro cuando sentía que acumulaba ya demasiada testosterona y se volvía tan irritable que todo le molestaba pero, tras algunos meses de autocomplacencia, Paqui se dio cuenta de que las posibilidades de su amiguito rosa eran demasiado limitadas y que tendría que buscarse un amante, o varios, mejor, si no quería acabar de los nervios. O eso, o apuntarse a kick-boxing.


    Así que el viernes siguiente, cuando un camarero italiano aceptablemente guapo y con poses de manual de ligón profesional se puso a tontear con ella mientras le servía los ñoquis, Paqui se dejó querer y le anotó su número de teléfono en la servilleta antes de irse. Y aquella misma noche, después de que el camarero la llamase y le propusiese invitarla a una cena para dos típicamente italiana en su propia morada, Paqui se aseguró de estar bien depilada y para allá que se fue a la hora convenida, casi segura de que ni siquiera llegarían a terminarse la botella de Chianti que había comprado para la ocasión.


    Sin embargo, cuando llegó al cuchitril que su proyecto de amante llamaba casa, no había cena, ni velas, ni sugerente música ambiental, tan sólo un hombre que la esperaba apenas cubierto por un batín de esos de imitación de raso que probablemente podías agenciarte por cinco euros en el chino de la esquina y una sonrisa que pretendía ser picara, pero que no pasaba de chulesca. Huelga decir que aquella noche Paqui se tomó la botella de Chianti con su amiguito rosa.
     

     

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