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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 10
    Junio
    2014

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    El deseo

    Me mirabas con aquellos ojos de corderillo a punto de ser llevado al matadero al tiempo que afirmabas que de verdad, de verdad, de verdad, habías intentando que aquello no pasara, pero las dos sabíamos que en el fondo no sólo no habías hecho nada por evitarlo, sino que además lo habías provocado deliberadamente. Sí, también era verdad que tu matrimonio no iba bien, que hacía meses que tu marido no te tocaba y que aquel otro hombre parecía encontrarte divertida, hermosa y deseable, es decir, todo lo que nadie veía en ti desde hacía demasiado tiempo, pero aún y así, aquella patética excusa de que te habías esforzado por impedir aquello no había quien se la tragara.


    Porque habías sido tú y sólo tú la que, cuando Fernando había aparecido un día por la oficina para sustituir la última baja de aquella hipocondriaca compañera tuya, le habías echado el ojo inmediatamente. La que había corrido a presentarse, toda sonrisas y jueguecitos con el pelo, la que desde ese día comenzó a maquillarse cuidadosamente y a escoger sus mejores modelitos cada mañana. Tú, la misma a la que antes yo reprendía cariñosamente por ir siempre con la cara lavada y con deportivas y pantalón vaquero.


    No tardaste mucho en enterarte de que aquel hombre tan sexi de mirada oscura y manos grandes tenía novia, pero tampoco te importó demasiado. Al fin y al cabo, tú estabas casada. Y cada día venías contándome una nueva historia sobre Fernando. Que si Fernando era ingeniero, que si Fernando era tan educado, que si Fernando esto y Fernando lo otro. Fernando pareció convertirse, de la noche a la mañana, en el único hombre sobre la faz de la tierra; o al menos el único que, según tú, merecía la pena.


    Por lo que contabas, no sin cierto desencanto, al principio él no reparaba demasiado en ti. Era cortés contigo, es cierto, pero lo era también con el resto de los compañeros. Sin embargo, no por ello tú cejaste en tu empeño de conquistarlo, y te esforzabas por hacerle los comentarios más ingeniosos y  las bromas más graciosas, y te deshacías en miradas sugerentes y posturitas alentadoras. Hasta que un día diste el paso de invitarlo a almorzar y él aceptó. Y también cuando volviste a invitarlo a la semana siguiente. Y a la otra…


    Antes de que pudieras darte cuenta, la relación entre Fernando y tú comenzó a precipitarse inexorablemente hacia una amistad basada en la más absoluta compatibilidad y en un montón de gustos en común, pero que no era en absoluto lo que tú habrías deseado. Porque tú lo deseabas a él.


    Y ahora venías a contarme que no podías soportarlo más. Que no soportabas tenerlo cerca, aspirar su aroma, rozar su mano accidentalmente. Que se te licuaban los huesos cada vez que él te sonreía, o te acariciaba la espalda distraídamente cuando charlaban. Que te derretías literalmente cuando Fernando te saludaba con un beso, o se lamía los labios tras dar un sorbo a ese café que habían comenzado a compartir cada mañana antes de entrar. Que no había una sola noche en la que no soñaras con su boca ni un solo día en el que no desearas su cuerpo. Y que era una tortura.


    Yo te di el consejo que te hubiese dado cualquier amiga: Aléjate. Pero tú juraste que no podías, porque Fernando era ahora tu amigo, y que aunque aquella fuese una amistad de mentira, ya que estaba construida sobre el deseo más demoledor, no dejaba de ser una amistad, al fin y al cabo. Así que me encogí de hombros y te propuse lo contrario: Acércate. No obstante, de nuevo tú afirmaste que no te sentías con fuerzas, que no querías envenenar aquella amistad por una noche de sexo, por mucho que estuvieses segura, y lo estabas, de que aquel sería el mejor sexo que hubieses tenido nunca. Que no querías estropearlo. Que no querías perderlo.


    Pero una vez más te engañabas y me engañabas. Porque las dos sabíamos lo que ocurriría. Sabíamos que vencería el deseo, que meterías a aquel hombre en tu cama antes o después y que entonces todo acabaría. O quizás no…
     

     

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