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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 15
    Abril
    2014

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    El tamaño SÍ importa

    A mi amiga Rosi le gustan los tipos bajitos. Y mira que ella es de estatura media, sobre el metro sesenta y algo, es decir, que tampoco es que lo tenga fácil para que un hombre no la sobrepase en estatura,  pero Rosi insiste en que no hay nada que le guste más que poder echarle los brazos sobre los hombros a sus novios y amantes en igualdad de condiciones y no destrozarse las cervicales para poder besarlos. Tenía además mi amiga, la sorprendente teoría de que los hombres bajitos están mejor dotados que los altos, y por más que yo le insistía en que eso eran leyendas urbanas inventadas por los propietarios de esos mismos atributos para quitarse los complejos, como la de los calvos, o los de pies grandes, ella seguía erre que erre, porque decía que nunca, jamás, le había fallado la teoría.


    Pero hace algunas semanas, Rosi me contó que había decidido hacer una excepción y olvidarse de sus prejuicios con el exceso de estatura de sus parejas, porque había conocido a un hombre que medía más de un metro setenta y que le gustaba mucho, muchísimo, así que se dijo que, total, una tortícolis de vez en cuando tampoco importaba tanto y empezó a salir con él.


    Pasó luego algún tiempo en el que el más absoluto silencio por parte de mi amiga indicó claramente que su relación con el gigante debía ir viento en popa, a toda vela, pero el otro día, después de varias semanas sin saber de ella ni de su romance, Rosi reapareció, plantándose en mi casa con expresión compungida y el rímel corrido, y aunque yo me temí lo peor, jamás hubiese imaginado lo que me contó después de que le ofreciera un gin-tonic y un paquete de pañuelos de papel para enjugarse el llanto.


    Al parecer Víctor, porque así se llamaba el causante de sus lágrimas, resultó ser, para su sorpresa, el hombre de sus sueños: Amable y cariñoso, la hacía reír incluso en los días premenstruales y besaba como los ángeles, y yo me dije entonces que debía ser que alguno había bajado aleteando a darle un morreo a mi amiga, y por eso ella tenía ese dato en su poder, pero esto preferí callármelo en ese momento, dada la aparente gravedad de la situación y por tener la fiesta en paz, más que nada… Así que después de cinco o seis citas maravillosas, siguió contando Rosi, él la había invitado a cenar en su casa prometiéndole una cena inolvidable, y mi amiga se había depilado de arriba abajo y hasta había hecho una visita a la sección de lencería del centro comercial que hay al lado de su casa, porque es que tenía clarísimo lo que vendría después y no se podía decir que no tuviera ganas ella también.


    La cena fue, tal y como él había pronosticado, perfecta, con toda la parafernalia de las velitas, la música suave y bla, bla, bla. Así que después del postre, cuatro miraditas embelesadas y dos cariñitos, los enamorados pasaron a palabras mayores. Ya en el dormitorio de Víctor, todo parecía ir sobre ruedas hasta que ella le bajó a él los pantalones: Entonces casi le dan los siete males… Y es que, al parecer, lo que tenía ese hombre entre las piernas no era ni medio normal, ya que, y cito textualmente, así que no se me escandalicen: “¡Era des-co-mu-nal!”. Yo le dije entonces a Rosi aquello de que no sería para tanto, pero mi amiga alzó sus brazos, separó sus manos un buen tramo, y a mí ya no me quedaron dudas de que sí que era para tanto. A pesar de todo, mi amiga cogió aire y se dijo a sí misma que pa’lante, intentando convencerse de que ella podría con aquello. Pero nada; no hubo manera. Después de un buen rato intentando culminar el magno evento de todas las formas habidas y por haber, Víctor le confesó a la llorosa Rosi que siempre le pasaba lo mismo y que tenía un verdadero problema con aquello… ¿No querías caldo? Pues toma dos tazas. La teoría, eso sí, se la mandó a hacer puñetas en un momentito.
     

     

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