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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 19
    Julio
    2015

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    Las Palmas Gente desamor relaciones desencuentros

    El valor

    Él la observó de reojo, como llevaba haciendo ya tantos días, intentando adivinar en su rostro el rastro de un sentimiento diferente al que Penélope parecía sentir por él, pero ella llevaba ya un buen rato inmersa en sus propios pensamientos, ajena a todo lo que estuviera a su alrededor, ajena incluso a él mismo, con la mirada perdida en el fondo de su taza de té.


    Cuando se conocieron había surgido la química de inmediato, de eso estaba seguro, al fin y al cabo él tampoco era ya ningún chiquillo y hacía muchos años que había aprendido a identificar las señales: un brillo inequívoco en la mirada, una sonrisa coqueta, la manera en que se acariciaba el pelo mientras charlaba con él… Sí, estaba totalmente convencido de que ella también había sentido la atracción, que todo aquello de interesarse por las clases que él impartía a su hermana no era más que una excusa. Desde luego, para él sí que era una excusa. Habría hablado de cualquier cosa con tal de estar cerca de ella, de escuchar el sonido de su voz, de su risa después de que él dijera algo gracioso, incluso de su respiración.


    Porque él se había enamorado de ella puede que casi desde el momento en que la vio, pero con toda seguridad cuando se había acercado a él para preguntarle si no era ese profesor del que tanto hablaba su hermana. Apenas habían intercambiado tres palabras y ya había deseado besarla. Le bastaron dos miradas para desearla.


    Después de aquel día hizo lo imposible por seguir viéndola. Le preguntaba a su hermana por los lugares que ambas solían frecuentar, evitando que se le notara demasiado que era Penélope el objeto de su verdadero interés, y se hacía el encontradizo en el parque donde ambas practicaban deporte cada tarde, o en el bar donde solían compartir un mojito todos los jueves. Luego se las ingeniaba para sacar algún tema de conversación, aunque tenía que reconocer que no tenía que esforzarse demasiado; eran extremadamente compatibles. Les gustaban las mismas cosas, se reían de los mismos chistes e incluso compartían experiencias vitales. Quizás por eso al cabo de pocas semanas su hermana dejó de acompañarla a aquel parque y también a aquel bar y los dejó a solas.


    Y sin embargo no se atrevía a pedirle que saliera a cenar con él. Había algo en su mirada, en su postura, en su tono decidido, incluso en aquella sonrisa que tanto le gustaba, que lo hacía sentir inseguro y temeroso y le impedía dar el paso definitivo y tirarse a la piscina. Quizás era un cobarde, pero lo cierto era que jamás antes le había pasado algo así con ninguna otra mujer y no conseguía entender qué embrujo había lanzado Penélope sobre él para hacerlo sentir tan miedoso e indeciso. Quizás temiera que ella lo rechazara y terminaran para siempre sus encuentros en apariencia casuales en el banco de aquel parque y el oscuro rincón de aquel bar. Perdería cualquier oportunidad de volver a verla, de tenerla cerca, de aspirar su aroma y mirarla a los ojos, y eso sí que no podría soportarlo. No quería perderla, y por eso no conseguía reunir el valor para dar el paso de ir un poco más allá. Prefería conformarse con soñarla, con desearla, con amarla en silencio…


    Penélope levantó la vista de la taza de té que hacía rato que se había enfriado. Había tomado una decisión. Por mucho que le doliera, por mucho que el corazón se le rompiera con sólo pensar en dejar de ver a Javier, no podía seguir soportando tenerlo cerca sin poder tocarlo, sin besarlo…


    Estaba loca por él, tanto, que apenas podía pensar en otra cosa, tanto, que le había suplicado a su hermana que le indicara disimuladamente los sitios que solía frecuentar. Y había esperado. Se le había insinuado de todas las maneras posibles. Le había hablado de restaurantes a los que querría ir, de rincones que quería conocer, de platos que quería probar, pero él no se daba por aludido ni recogía el testigo. Jamás le había pedido una cita.
    Así que había tomado una decisión: mañana no volvería a aquel parque.

     

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