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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 08
    Febrero
    2015

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    Las Palmas Gente relaciones hombres mujeres

    Ellos las prefieren… difíciles

    El pasado viernes asistí con ilusión a un reencuentro de viejos amigos. Lo de viejos lo digo porque en la mayoría de los casos nos conocemos desde hace al menos veinte años, que ya son años, aunque no voy a negar que contamos ya entre todos con un buen puñado de canas y unas cuantas arrugas que no dejan de estar ahí por mucho que la mayoría aún podamos disimularlas.


    Íbamos los de siempre que, por fin y después de mucho encaje de bolillos en las respectivas agendas, habíamos conseguido cuadrar las fechas, y llevábamos las mismas sonrisas de hace un par de décadas, aunque sin aquella frescura en los rostros, claro está, y las mismas ganas, pero desde luego con bastante menos aguante que cuando nos bebíamos hasta el agua de los floreros y pedíamos chupitos de tequila o de cualquier otra bebida de alta graduación cada dos o tres cubatas para ponernos a tono y atrevernos a hacer cualquier disparate que no teníamos el valor de hacer estando serenos.


    Como suele ocurrir en este tipo de reuniones, los que asistíamos necesitábamos desesperadamente seguir sintiéndonos aquellos chiquillos que estrenábamos la edad adulta cargados de ilusiones desmedidas y con las hormonas todavía desatadas que nos reíamos por todo y esperábamos grandes cosas de un futuro que se nos antojaba misterioso e imprevisible, a pesar de que la mayoría tiene ya hijos en los que ver reflejado el paso del tiempo sin opción al autoengaño. Y también, como era inevitable, no habíamos llegado aún a los postres y ya estábamos evocando anécdotas casi olvidadas y tiempos pasados que siempre parecen haber sido mejores sólo porque nuestra memoria se ha encargado de seleccionar sólo aquellos recuerdos que así nos lo hagan creer.


    Después de la cena y de liquidar una buena parte de la bodega del restaurante, acabamos todos en la única terraza de la ciudad donde tenemos, si no la certeza, al menos sí la posibilidad de no darnos de bruces con los hijos adolescentes que ya tienen más de uno y que los pobrecillos tuviesen que pasar por el mal trago de verse obligados a enfrentarse a sus caras de reproche, porque ya se sabe que los jóvenes de todas las épocas están absolutamente convencidos de que sólo ellos tienen el derecho y el deber de salir de marcha y cogerse una cogorza.


    Y lo cierto era que, aunque la que había sido el bellezón del grupo ya no estaba tan buena después de unos cuantos partos y el simpático había perdido una buena parte de su gracia porque no había sabido renovar sus chistes, el guaperas seguía siendo aquel tipo tan sexy que atraía las miradas no sólo de las de su edad, sino también de otras bastante más jóvenes, porque ya se sabe que algunos hombres tienen la suerte, cabrones, de ir ganando en atractivo a medida que se hacen mayores y  hasta una edad más que avanzada. Y si no miren a Sean Connery, que estaba como un queso hasta por lo menos los setenta.


    Así que estaba la exguapa esforzándose por volver a sentirse la beldad del condado, el gracioso repitiendo sus chistes,  el guaperillas haciéndose el interesante con unas y otras mientras hablaba conmigo y la moi empapándose de todo para luego venir aquí y cascarlo, cuando de repente sale de la nada y como una exhalación una cuarentona de esas que han tomado demasiado el sol y se han quedado como la superficie de una taza de chocolate que se ha enfriado hace un buen rato y una minifalda que se merece como mínimo el apelativo de desacertada, me aparta de un empujón nada sutil y entonando el grito de guerra de: -¡Este es mío!- se le cuelga del cuello a mi amigo el guaperas y no le comió los morros allí mismo porque el pobrecillo reaccionó a tiempo y pudo girar la cara para ofrecerle la mejilla. Perpleja, yo di dos pasos atrás y observé, sin dar crédito, como aquella absoluta desconocida magreaba sin pudor al objeto de su deseo hasta que éste, harto ya de cazadoras que van a saco, la despachó con viento fresco porque, y cito: -Me gustan fáciles, pero no tanto-.

     

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