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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 21
    Mayo
    2014

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    Emociones fuertes

    A Carolina y a Javier les gustaban las emociones fuertes. O al menos eso nos decía ella, entre risitas traviesas, cada vez que nos contaba cómo se lo montaba en los lugares más insospechados  con el que, después de más de diez años de noviazgo, se había convertido en su marido hacía ya un tiempo, porque la posibilidad de que pudiesen pillarlos con las manos en la masa les resultaba sumamente excitante a ambos por igual.


    Y es que aquella pareja tan bien avenida que llevaban juntos más de lo que la mayoría de sus amigos lográbamos recordar, compartía una preciosa casita con una hipoteca astronómica en una elegante zona residencial de reciente construcción especialmente diseñada para todos aquellos que pretendían aparentar tener lo que en realidad no tenían, dos churumbeles monísimos y muy mal educados a los que consentían casi todo para compensar el sentimiento de culpa que les provocaba el hecho de que los críos se pasaran la vida entre el colegio y la casa de su abuela materna, mientras ellos trabajaban, y que no podían ser en apariencia más conservadores, con sus pendientes de perlas ella, y sus mocasines con borlas él, escondía un pequeño vicio oculto para la gran mayoría: Practicar sexo en los sitios más insólitos.


    Cuando Carolina nos lo había confesado a su círculo de amigas más íntimo, hacía ya algunos años, durante una noche en la que a todas se nos había ido la mano con los margaritas, al principio ninguna de nosotras daba crédito. Y es que, sencillamente, nos resultaba imposible creer que aquella mujer de aspecto apocado, que hablaba poco y se sonrojaba con facilidad fuese capaz de mantener relaciones sexuales en ningún otro sitio que no fuese el lecho conyugal o, como mucho, la bañera de hidromasajes que la feliz pareja había hecho instalar en el cuarto de baño de su dormitorio.


    No obstante, después de que, jaleada por las cuatro perplejas congéneres que compartíamos borrachera y confidencias aquella noche, Carolina nos detallara con voz pastosa cómo se lo hacía con el que hasta entonces nos había parecido su aburridísimo marido, en los probadores de los centros comerciales a los que iban a comprar el material escolar y los juguetes de los niños, los cuartos de baños de los restaurantes a los que salían a cenar al menos una vez al mes y hasta en algún rincón poco transitado de la carretera que los llevaba a casa de la madre de ella cada día, aunque dentro del coche, eso sí, finalmente no sólo acabamos creyéndonos que a nuestra amiga le iba la marcha, sino que hasta envidiamos un poquito que tuviese una vida sexual tan apasionante, cuando muchas de nosotras, incluso siendo solteras y por lo tanto disfrutando aún de las mieles de la promiscuidad, tuviésemos que conformarnos con un apresurado encuentro semanal con algún amante ocasional con más ganas que maña.


    Sin embargo, el otro día, una de las habituales del grupo nos convocó al resto para una reunión de urgencia a la que además, recalcó, no podía asistir Carolina bajo absolutamente ningún concepto. Intrigadísimas, todas nos plantamos a la hora convenida en aquella cafetería de las afueras en la que nuestra amiga común nos había citado y abrimos bien las orejas cuando ésta, tras dar un par de sorbos a su gin-tonic, probablemente para coger fuerzas, nos contó que la otra noche, su marido Antonio, al parecer gran aficionado a ver porno por internet a pesar de las numerosas broncas con su mujer que esta cuestionable afición le costaba, la había despertado a las tantas con el rostro demudado para que lo acompañara hasta el ordenador del cuarto de estudios y viera con sus propios ojos el motivo de su sofocón. Y a nuestra amiga casi se le caen los palos del sombrajo al presenciar un video en el que Carolina y Javier se lo montaban apasionadamente contra la columna de un parking público.


    Evidentemente, las cámaras de seguridad habían filmado la tórrida escena sin que sus protagonistas se percataran siquiera y luego algún empleado del aparcamiento había decidido darle un uso lucrativo a aquellas imágenes subiditas de tono. Convinimos todas que lo mejor sería ocultárselo a Carolina.
     

     

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