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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 19
    Octubre
    2014

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    Errores imperdonables

    Me hago mayor. Y eso significa también, gracias a DioR y a sus apóstoles, Yves Saint Laurent y John Galiano, que me vuelvo más prudente y comedida. O al menos, lo intento. La cara B del implacable abandono de mis años mozos, que diría mi abuelo, no deja de ser, además de la inevitable pérdida de tersura y mi permanente lucha encarnizada con la báscula, que se van espaciando también, y menos mal, los disgustos sentimentales que ya he compartido con ustedes en alguna que otra ocasión. Aunque he de confesar aquí y ahora que fueron también aquellos tiempos de diversión y anécdotas desternillantes, y eso que yo soy de las convencidas de que atraer o no las aventuras a tu vida tiene bastante más que ver con la actitud que con la providencia porque, claro, si una se queda en casa pariendo chiquillos y poniendo lavadoras, es poco probable que le ocurra algo más gracioso que entrar al cuarto de baño de un centro comercial y que se le quede un trozo de papel higiénico pegado a la suela del zapato, díganme ustedes si no. Blanco y en botella.


    En fin, la cuestión es que, el otro día, dándole vueltas a la columna de hoy, me vino a la mente un amante que yo tenía en aquellos años de vino y rosas, más vino que rosas, no los voy a engañar, y que, básicamente, me arreglaba el cuerpito. No se escandalicen. Esto que les cuento es lo más normal por estos días, lo confesemos o no… Aquel chico y yo nos habíamos conocido en circunstancias que ya ni siquiera recuerdo, pero que en realidad poco importan, y aunque nos habíamos gustado y había existido una química evidente entre nosotros, por mucho que nos esforzamos, o quizás precisamente por eso, nunca había surgido el tan deseado estado de enamoramiento, así que, como lo cortés no quita lo valiente, habíamos seguido viéndonos de tanto en tanto, para echar unas risas y lo que se terciara. Sobre todo lo que se terciara…


    Convendrán conmigo que una relación de este tipo conlleva un nivel de compromiso entre ambas partes igual o inferior a cero, porque los aquí te pillo y aquí te mato, aunque se los aderece con una cena previa para guardar las formas y hasta con algunas horas de sueño postcoital compartido en una misma cama, no dejan de ser lo que son, así que yo daba por hecho que los dos éramos libres para ver a otras personas si nos apetecía.


    En esas estábamos, sexo sin compromiso va, sexo sin compromiso viene, cuando de buenas a primeras me llama un antiguo noviete que se había ido de la ciudad hacía ya un montón de años y del que yo en su momento había estado enamorada hasta las trancas. Este novio en cuestión y una servidora, por una vez, no habíamos acabado como el rosario de la aurora, sobre todo porque ninguno de los dos había permitido que la cosa se degradase tanto como para que quisiésemos perdernos de vista para siempre, así que quedamos para cenar y lo que era moi no cabía en mí de gozo, porque ya se sabe que donde hubo siempre queda y allí aún quedaba como para parar un carro.


    Así que aquella tarde, entusiasmada como estaba ante la perspectiva de reencontrarme con mi antiguo amor, me permití el inusual lujo de servirme un copazo mientras me engalanaba para el magno evento y, en un loco impulso, agarré el móvil y le escribí a mi ex un mensajito entre romántico y subidito de tono, que yo sabía que le haría mucha gracia… Y estaba dándole a la tecla de enviar, cuando me percaté, horrorizada, de que la divertida insinuación con clara referencia a aquella misma noche, no se la había mandado a su verdadero destinatario, sino a mi amante ocasional, al que por cierto, le había dicho que ese día tenía una cena de trabajo para que no se le ocurriera proponerme un encuentro. Horror, terror, pavor.


    Por mucho que aporreé el botoncito de Cancelar, el maldito mensaje sin duda llegó a su destinatario. Lo sé porque aquel amante mío nunca más volvió a llamarme.
     

     

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