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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 02
    Mayo
    2014

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    Escupir para arriba

    Mi amiga Sandra siempre se había burlado del concepto de flechazo porque estaba totalmente convencida de que la semilla del amor se creaba a partir de un mínimo de conversación y tonteo y crecía y se fortalecía mediante el más profundo conocimiento mutuo, y por lo tanto no iba a desencadenarlo una sola mirada de soslayo o un roce accidental. -Eso, como mucho, se podrá llamar deseo-, aseveraba ante todo aquel que quisiera escucharla, y se reía de todas esas historias de amores a primera vista que duraban para siempre, convencida de que, en realidad, los supuestos afortunados nunca contaban qué pasaba con aquel amor eterno una vez transcurrido el periodo de enamoramiento, periodo que, según Sandra, duraba como muchísimo tres años, y eso si tenías suerte.


    Así que cuando cumplió los veinticinco, después de haber terminado sus estudios y experimentado los sinsabores del desamor con poco más de un par de hombres inadecuados, pero también con otros tantos que sí que podrían haber sido los adecuados si ella hubiese estado por la labor y no hubiese tenido un modelo de marido predefinido desde que cumplió los trece, Sandra conoció a José, un chico guapo y de buena familia que acababa de terminar medicina y que se ceñía perfectamente a ese modelo, con lo que puso todo su empeñó en que fuera el amor de su vida… Y tanto se empeñó, que al cabo de un par de años de aburridísimo noviazgo con tanta química de por medio como la existente entre dos trozos de malaquita, la pareja se casó por la iglesia y, cómo no, lo celebró por todo lo alto, tal y como los padres de ambos siempre habían deseado.


    Luego, tras los primeros meses de entusiasmo moderado, transcurrieron años de tediosa convivencia que Sandra pasó intentando convencerse a sí misma de que era afortunada, porque otra cosa hubiera sido creer en cuentos de hadas y ella en esos no había creído jamás. No obstante, cuando sus hijos empezaron a hacerse mayores y su marido se apuntó a un gimnasio y decidió pasar las noches de todos los viernes de marcha con sus amigotes, Sandra comenzó a tener la creciente e insoportable sospecha de que se le estaba escapando algo y se planteó que quizás, pero sólo quizás, el amor fuese algo más que compartir dos hijos, una hipoteca y una decepcionante sesión de sexo nocturno cada quince días. Y fue precisamente entonces cuando conoció a Sebastián.


    Desde el instante en que Sandra posó sus ojos sobre aquel hombre alto y de mirada inteligente, sintió que el corazón le daba un vuelco dentro del pecho y un centenar de mariposas se mudaban a vivir a su estómago.


    En realidad, Sebastián se parecía bastante a José, pero a Sandra le bastaba con que no fuese él, y sólo necesitó intercambiar con el hombre una conversación intrascendente y una mirada fugaz para caer completamente rendida a sus pies, sin preocuparse siquiera de mancharse el vestido. Se negó, sin embargo, a reconocer como amor aquella necesidad permanente de tenerlo cerca, y se esforzó durante unos cuantos meses por quitárselo de la cabeza, pero transcurrido algún tiempo de noches en vela y dolor de tripa, Sandra tuvo que asumir, perpleja, que, contra todo pronóstico, se había enamorado hasta las trancas.


    Y fue entonces, justo antes de regresar a casa y decirle a su marido que aquella misa ya estaba dicha y que se mudaba a casa de su madre, cuando mi amiga se dio cuenta de que, por mucho que a veces nos creamos por encima de la ley de la gravedad, cuando se escupe para arriba, el salivazo acaba siempre cayéndonos en la cara, y que cuando menos te los esperas, la vida da un golpe de efecto para dejarnos bien claro quien manda en realidad. Después de eso le tocó tragarse todas sus palabras una por una y, lo que era incluso más difícil, digerirlas, pero tampoco le importó demasiado, flotando como estaba en la nube del enamoramiento. Dentro de un año les cuento si su relación con Sebastián sobrevivió al calentón de los primeros meses, pero al fin y al cabo, ese no es el quid de la cuestión.
     

     

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