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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 08
    Abril
    2014

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    Ex perfectas

    Aunque en la mayoría de los casos lo negaremos rotundamente, todas detestamos a la ex de nuestra pareja.  En muchísimas ocasiones, lo hacemos, simplemente, porque están todo el día dando por saco, pero en una buena parte de ellas es porque las encontramos más guapas, más simpáticas, más delgadas y más todo que nosotras. Y en ambos casos resultan odiosas, claro. Las ex dicen conocer mejor a nuestros novios y maridos, recuerdan su pasado, ¿qué digo?, estaban en su pasado, y suele hacer cosas como discutirte vehementemente que su color de pelo, el de tu churri, digo, no es castaño claro, sino rubio ceniza, pero se le oscurece cuando no toma el sol. Fue ella la que fue con él a ese viaje maravilloso al sur de Italia del que siempre hablan, la que lo acompañó a urgencias cuando se hizo el corte que le dejó esa cicatriz tan mona bajo el labio, y hasta fue ella la que viajó con él y con sus amigotes a aquel concierto legendario y, como él mismo no se cansa de recordarte, irrepetible. Además, tienen con tu suegra una relación fabulosa: se abrazan cuando se ven, y se cogen del brazo con complicidad mientras se dirigen hacia algún lugar íntimo, lejos del alcance de oídos curiosos, como por ejemplo, los tuyos, para charlar de vete a saber qué, mientras que lo más que tú has logrado conseguir de esa vieja bruja, en tropecientos años de relación con su hijo, es un beso desganado y al aire, en algún lugar cercano a tu oreja, cuando vais a visitarla los sábados.


    Mi amiga Amparo aborrecía a Clara, la ex mujer de su marido, pero no le quedaba más remedio que hacer de tripas corazón, porque ambos tienen un hijo en común y eso ya le otorgaba a ésta un lugar de honor y vitalicio en sus vidas, le gustase a mi amiga, o no. Al parecer, Clara es todo elegancia, tiene un tipazo espectacular y luce una maravillosa melena castaña con reflejos caoba que ríete tú de la Carbonero. Además, y por si esto fuera poco, es propietaria de una empresa de organización de eventos que le va la mar de bien, así que viste siempre de Carolina Herrera para arriba, y hace al menos dos o tres viajes al año a ciudades sofisticadas y glamurosas. Así que Amparo la odiaba, claro…


    Pero un día en el que estaba mi amiga de rebajas en un centro comercial de la ciudad ocurrió algo que lo cambió todo: Amparo había encontrado una súper oferta en bikinis de marca y se había apropiado rápidamente de al menos cinco modelos, pero necesitaba probárselos antes de decidirse, y estaba a punto de entrar al probador de aquella tienda pija, cuando ve que de la cortinilla del habitáculo contiguo surge una cabeza cuyas facciones le resultan conocidas; era Clara.


    Clara la saluda, algo avergonzada dada la incómoda situación, y tras intercambiar con ella las frases de cortesía de rigor, le comenta que lleva un rato intentando encontrar una empleada, para pedirle una talla más pequeña, cómo no, del bikini que también se estaba probando. Así que a Amparo no le quedó más remedio que ofrecerse a ser ella quien le trajese la prenda. Nobleza obliga.


    Y fue al ir a darle el bikini a su rival, cuando mi amiga vio accidentalmente, y través de una rendija de la cortinilla del probador, una imagen reflejada en el espejo que cambiaría su forma de ver a la ex de su marido para siempre: Y es que, al parecer, en lugar de pechos, la perfecta Clara, la diosa, tenía dos pellejitos descolgados y flácidos, producto, seguramente, de haber amamantado a su hijo en su día. Un horror de esos que a cualquiera de nosotras nos haría plantearnos seriamente pasar por un quirófano, a pesar de los riesgos de la anestesia. De hecho, Amparo se preguntaba cómo era posible que aquella mujer, que estaba podrida en pasta y cuidaba cada detalle de su aparentemente perfecta anatomía, no lo hubiese hecho ya… Pero lo cierto es que, desde entonces, Amparo dejó de odiar a Clara. Es imposible envidiar a alguien con unas tetas tan feas, dice.
     

     

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