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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 07
    Abril
    2014

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    Expectativas desorbitadas

    Cuando conocí a Pedro no me atrajo demasiado. Quizás fuera por su aire retro, con su tupé a lo rockabilly y sus anticuadas gafas de montura metálica, o puede que lo que no terminara de convencerme fuese que, cuando se esforzaba por ser gracioso, y como todos durante la fase de cortejo, lo hacía todo el rato, era la viva imagen de Jerry Lewis en el Profesor Chiflado; todo muecas histriónicas y aspavientos imposibles. O quizás fuese porque tengo una intuición que ni la del niño del Sexto Sentido, aunque a diferencia de aquel pobre crío, los fantasmas que yo veo están vivitos y coleando y suelen ser, además, unos imbéciles… Pero lo cierto es que con Pedro erré el tiro, ya que después de que me acostumbrara a su manera de gesticular cuando relataba sus anécdotas y a su aspecto anticuado, descubrí que en realidad era un hombre inteligente e ingenioso, así que acepté salir con él a tomar un café una tarde de invierno.


    Contra todo pronóstico, el café dio lugar a una cena, la cena a un cine, el cine a una noche de copas, y cuando me vine a dar cuenta, Pedro me gustaba lo suficiente como para que no me diesen ganas de sugerirle que cambiara de peluquero cada vez que nos veíamos. Y es que mi nuevo futuro novio era divertido, amable, culto, cariñoso y lo mejor de todo, besaba de maravilla, o incluso mejor que eso, y aprovecho para decirles, por si aún no se han enterado, caballeros, que esa habilidad tan poco frecuente y menos valorada aún por los de su sexo, es altamente apreciada por nosotras, las féminas, tanto o más, de hecho, que otros aspectos bastante más explícitos a los que ustedes por lo general dan la más absoluta prioridad. Aunque siendo fieles a la verdad, hay que reconocer que hay hombres que besan condenadamente bien y que son capaces de llevarte al mismísimo Nirvana casi sin ponerte una mano encima, pero también es cierto que son los menos; todo hay que decirlo.


    Pero volviendo a Pedro, era casi inevitable que aquellos besos de película de los que les hablaba creasen en mí unas expectativas desorbitadas porque, ¿cómo alguien que era capaz de besar de aquella manera no iba a ser bueno en la cama? Así que, cuando después de pasar un par de semanas flotando en una nube de la más completa enajenación y rezumando serotonina por todos los poros de mi piel gracias a las expertas carantoñas de mi nuevo amor, Pedro me propuso que cambiáramos nuestros planes de paseo y merienda por un chocolate caliente y una peli en el sofá de su casa, yo no cabía en mí de la emoción, porque sabía lo que vendría después y casi no podía esperar.


    Así que fuimos a su casa. Y nos tomamos el chocolate. Y empezamos a ver la película. Y todavía no me había aprendido el nombre de los personajes principales cuando ya estábamos los dos retozando en su cama. Pero para evitar los detalles escabrosos que puedan incurrir en un intolerable mal gusto, tan sólo les diré que, después de unos preliminares simplemente aceptables, mi por desgracia ya futuro ex novio protagonizó una escena de cama que nada habría tenido que envidiar a aquellas otras de las películas de los años cincuenta: en la más completa oscuridad por expreso deseo suyo, recurriendo tan sólo a la socorrida postura del misionero, por exactamente el mismo motivo, y con actitud conejil incluida. Un chasco como la Catedral de Burgos, para no cansarlos.


    Como supondrán, la experiencia no se repitió, ya que al día siguiente le conté a Pedro una mentira piadosa del tipo “no funcionaría” y me despedí de él y de sus besos para siempre, pero como el pobre de un hueso hace un caldo, sí que me sirvió para reflexionar sobre el hecho de que quizás, pero sólo quizás, ser un maestro en el arte de besar no sea más que una forma de suplir alguna carencia sexual para la inmensa mayoría de los hombres… Y todavía no he conocido a nadie que me mande la teoría a hacer puñetas.
     

     

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