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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 20
    Abril
    2014

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    Fantasías masculinas

    Mi amigo Juan tiene una de esas bellezas viriles y clásicas que le aseguraría el protagonismo de cualquier anuncio de maquinillas de afeitar, colonia para hombres, o gafas de sol de marca: facciones simétricas, mandíbula cuadrada, sonrisa luminosa de dientes perfectos… Háganse una idea. Además, al haber practicado todo tipo de deportes durante la mayor parte de su vida y ostentar el cinturón negro de un arte marcial de esos de nombre imposible de recordar, su cuerpo desnudo, o al menos en traje de baño, que era como yo lo había visto, bien podría haber sido utilizado para impartir una clase de anatomía en cualquier facultad de medicina... En definitiva y para no recrearme demasiado en lo que creo que ya ha quedado más que claro: Juan está cañón.


    Como buen guaperas, mi amigo estaba convencido de vivir en Jauja en lo que a las féminas se refería, ya que para él todo el monte había sido siempre orégano, porque no había tenido jamás la más mínima dificultad en conseguir que cualquier mujer en la que se fijase se rindiera inmediatamente a su sonrisa Profident y su cuerpazo de estatua griega. Ni siquiera necesitaba una táctica de ligue especialmente elaborada: él se acercaba a la chica que más le gustase, le sonreía, le preguntaba su nombre, y voilà; ésta ya había depuesto las armas y depositado el escudo a sus pies sin ofrecer la más mínima resistencia.


    Pero, y sí, claro, ¿cuándo han visto ustedes que no haya un ‘pero’? precisamente porque nunca, jamás, se había encontrado con una mujer que se le hiciera de rogar, ni siquiera un poquito, precisamente porque nunca, nadie, había sabido despertar verdaderamente su interés, en los más de quince años que hacía ya que yo lo conocía, Juan no había conseguido, probablemente porque él no había querido, tener una novia que le durase más de unos pocos meses, es decir, lo que tardaba en pasársele el calentón. De este modo, Juan iba cambiando de relación como quien cambia de corbata, o de calzoncillos, más bien, y en el camino, había dejado más de un cadáver, figuradamente hablando, claro, y perdido toda esperanza de encontrar una mujer de la que enamorarse y con la que entablar una relación sólida y duradera.

    Hasta que conoció a Natasha.


    Natasha era ucraniana, o puede que fuera rumana, la verdad es que ya no me acuerdo, pero sí que recuerdo que era una de esas perfectas bellezas eslavas y además, y aquí estaba la novedad para Juan, era muy inteligente. Con su acento sensual y ronroneante, sus piernas interminables y su cuerpo de sirena, Natasha despertó el interés de Juan de forma inmediata, pero la diferencia estribó en que también supo mantenerlo, jugueteando con él al gato y al ratón y seduciéndolo con su mirada azul y su voz de contralto.


    En las tres o cuatro semanas que duró su cortejo, Juan se volvió completamente loco por la sagaz Natasha, que escurridiza como un pez, lo alentaba con gestos y palabras, para luego escabullirse cada vez que mi amigo intentaba meterla en su cama. Y cuando al cabo de casi dos meses de cenas románticas, inmensos ramos de flores y poses galantes de manual, un Juan tan enamorado como desesperado consiguió por fin seducir a la que se había convertido rápidamente en el amor de su vida, mi amigo apenas si podía creer en su suerte: aquella mujer no era sólo la más guapa, atractiva y maravillosa que hubiese conocido jamás, sino también la más sensual y, desde luego, la más versada en las artes amatorias, con diferencia.


    Y estaba Juan flotando en el dulce estado de enajenación transitoria producido por el enamoramiento, cuando su amada Natasha, la única mujer que había conseguido llegar a su hasta entonces inalcanzable corazón, le confesó que, durante algún tiempo y para pagarse los estudios, había sido actriz porno allá, en su tierra natal. Y le enseñó unas cuantas de sus películas.


    … Y Juan, sencillamente, no pudo soportarlo. Porque una cosa es hacer realidad una fantasía, la fantasía de todo hombre, en realidad, y otra bien distinta era que esa fantasía se instalase en tu casa y conociera a sus padres.
     

     

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