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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 02
    Noviembre
    2014

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    Fantasmas sin sábana

    Mi amiga Patricia, conocida ya por la mayoría de ustedes por ser una de mis más asiduas suministradoras de material para este blog y con cuyas aventuras hemos disfrutado todos en más de una ocasión, yo la primera, lo crean o no. Pues mi amiga Patricia, decía, me llamó el otro día y se empeñó en que nos viéramos inmediatamente en nuestra terraza habitual porque tenía algo que contarme, aseguró, que me dejaría muerta. Yo, que la conozco, no puse ni media pega a su propuesta, me pinté el ojo, cogí el bolso y para allá que me fui, convencida, no lo negaré, de que de aquel encuentro sacaría una nueva historia que contarles.


    Cuando Patricia llegó, pidió un copazo para cada una, porque, por supuesto, no iba a beber ella sola, faltaría más, me miró fijamente y luego se dedicó a reivindicar durante cinco largos minutos su derecho como amiguísima mía a exigir que yo relatara su última experiencia con el “sexo débil” y expusiera a la opinión pública al cretino de turno. Cómo negarme.


    Al parecer, hacía tan sólo unas pocas semanas, mi amiga, que no lo he dicho aún pero es un bombón, conoció a un tipo que, aunque de entrada tampoco es que la volviera loca, porque físicamente era del montón, le hizo gracia en cuanto abrió la boca ya que, por lo que se ve, era uno de esos hombres inteligentes que en algún momento aprendió la valiosa lección de que la forma más rápida de llegar a la cama de una mujer con dos deditos de frente es haciéndola reír.


    Así que después de aquel primer encuentro, mi amiga se citó con él para una cena íntima en un restaurante de esos de luz tenue y disfrutó de una agradable velada en la que su acompañante hizo gala de una gran agudeza y sentido del humor. No obstante, en el trascurso de aquella misma cena, Patricia se percató de que su posible futuro amante tenía cierta irritante tendencia a hablar de sí mismo un poco demasiado, pero como también se mostraba inteligente, ingenioso y amable, decidió hacer caso omiso a su problemilla de egocentrismo, porque al fin y al cabo, nadie es perfecto.


    Pero ocurrió que, a medida que avanzaba la noche y Tomás, pues así se llamaba su acompañante, ganaba en confianza y en cantidad de alcohol en sangre, iba también incrementando la frecuencia y gravedad de sus alardeos: Que si hacía muy bien esto y lo otro, que si su familia provenía de la pata del Cid, que si era el campeón del mundo mundial en aquello y lo de más allá… Y estaba Patricia empezando a plantearse si  en realidad quería seguir viéndose con semejante fantasma, cuando el Casper aquel la mira a los ojos y, con expresión solemne, le suelta la siguiente perla: -“Antes de que te enamores de mí quiero que sepas que ahora mismo no estoy preparado para mantener una relación seria. Te lo digo porque me pareces una mujer estupenda y no querría hacerte daño”-… Con un par.


    Atónita, mi amiga dudó entre mandarlo a la mierda directamente, o descojonarse en su cara, porque es que no podía creerse semejantes niveles de prepotencia y soberbia. ¿Pero de dónde había sacado el elemento aquel la estúpida idea de que él tenía capacidad alguna para hacerle daño? Y lo que era aún mejor: ¿Cómo osaba dar por sentado que él conseguiría que ella se enamorara irrevocablemente?


    Finalmente, Patricia decidió que a un narcisista como aquel, cualquier cosa que le dijera le iba a entrar por un oído y le iba a salir por el otro, así que dejó cincuenta eurazos encima de la mesa, para que no se dijera, cogió su bolso y le dijo que adiós, muy buenas, al cretino aquel.


    De camino a casa, además, mi amiga llegó a la inevitable conclusión de que el dicho ese de que no se puede juzgar un libro por sus cubiertas también podía equivocarse, porque, al fin y al cabo, si hubiese hecho caso a su intuición el día que había conocido a Tomás, se hubiese ahorrado una cena de lo más desagradable y, lo más importante, conocer a otro capullo más.
     

     

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