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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 16
    Abril
    2014

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    Gestos intolerables

    Bruno era algo ególatra, vale, pero era mi amigo. Bueno, en realidad era el antiguo amante de una buena amiga, que había decidido unilateralmente seguir saliendo con nuestro grupito de sólo chicas cuando ella se hartó de sus monólogos en primera persona y dejó de acostarse con él, a pesar de las muchas indirectas, y no tan indirectas, que le soltamos todas, insinuándole que allí pintaba poco, si no nada. Y es que si, como buen narcisista, había sido incapaz de pillarlo cuando nuestra amiga se despidió de él cariñosamente diciéndole aquello de “ya nos veremos, por ahí, si eso…”, sutileza que obviamente le había entrado por un oído y le había salido por otro, menos iba a entender las nuestras, por muy claras que fueran, así que finalmente habíamos decidido dejarlo correr y permitir que nos honrara con su presencia en alguna que otra de nuestras salidas. Y cuidado, que no digo yo que Bruno no fuese buena gente, todo lo contrario: era una bellísima persona que, además, se preocupaba por nosotras, nos espantaba a los moscones y se daba codazos para llegar a las barras de los bares y pedir las copas con la vaca común en el bolsillo y muchísimo entusiasmo, pero era esa tendencia a desviar cualquier conversación hacia sí mismo lo que se nos hacía tan difícil de soportar. De todas formas, porque no era mala persona y porque nos daba pena enfrentarlo con el espejo y desterrarlo, lo tolerábamos en nuestra pequeña manada de singles nocturnas una vez de cada tres.


    Como el pobrecillo era tan egocéntrico, salvo honrosas excepciones, como antiguos compañeros de instituto que no despertaban en nosotras ningún interés porque estaban casados, o tipos tan narcisos como él que nos hacían poner los ojos en blanco a los cinco minutos de iniciar cualquier conversación, en la mayoría de los casos, a Bruno los amigos de su mismo sexo le duraban poco, más o menos lo mismo que los ligues, así que cada vez que nos decía a alguna de las chicas que iba a presentarnos a uno de ellos, nosotras contestábamos que sí, que sí, se lo agradecíamos efusivamente con un par de achuchones que lo hacían la mar de feliz y nos buscábamos la vida para ligar sin su ayuda, porque sabíamos que si esperábamos por él, íbamos a acabar menopáusicas.


    No obstante, un sábado cualquiera, Bruno nos sorprendió a todas comunicándonos que aquella noche se uniría a nuestra cena y posterior salida un tal Paco, amigo y compañero suyo del grupo de teatro. Y en honor a la verdad hay que decir que, aunque el actor aquel no era George Clooney, tampoco estaba del todo mal, además de ser divertido y risueño, y como a la tercera copa de vino ya estaba tonteando conmigo descaradamente, al final de la noche, después de unos cuantos mojitos, le regalé un beso y una servilleta con mi número de móvil apuntado en ella. Me llamó al cabo de un par de días, y aunque tuvo que recordarme quien era, porque a mí tampoco me había deslumbrado tanto como para despertar mi interés lo suficiente, finalmente accedí a tomar un café con él.


    Sin embargo, aquella era un temporada de vacas flacas y yo no tenía a nadie mejor en perspectiva, así que cuando vine a darme cuenta ya habían pasado un par de semanas de tardes de cine y cenas más o menos románticas, con lo que, tras los habituales morreos y calentones previos, una noche acabamos en mi casa metidos en faena. Lamentablemente por lo que se veía el chico sólo ponía en práctica el método Stanislavski sobre el escenario, porque la verdad es que su actuación en la cama dejó bastante que desear. Pero no fue su falta de entusiasmo ni su nula imaginación los que me dejaron helada hasta el punto de echarlo de mi casa y de mi vida para siempre. Qué va. Lo que me hizo dar un grito tal, que podría haber roto toda mi cristalería fue que, una vez terminada la representación, el muy gorrino tiró el preservativo al suelo y, dejándose caer sobre mi cama, se limpió sus partes pudendas con mi colcha nueva.
     

     

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