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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 11
    Abril
    2014

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    Huellas imborrables

    Aquella noche me sentía guapa. Estrenaba vestido, me había calzado unos zapatos de tacón, de esos que te hacen unas piernas interminables y, además de llevar en la cara doble capa de estucado y conseguir que apenas se notase, mi amiga Ángela me había arreglado el pelo, así que, aunque está mal que yo lo diga, estaba rompedora.


    Era sábado, y mis amigas y yo habíamos cenado en un restaurante japonés porque estábamos a dieta y nos habían dicho que el pescado crudo engorda menos aunque, en honor a la verdad, he de confesar que finalmente habíamos sucumbido a la tentación de pimplarnos un par de botellas de vino blanco bien fresquito y habíamos mandado el régimen a hacer puñetas. No obstante, los efectos del alcohol habían eliminado cualquier atisbo de remordimientos y ahora nos dirigíamos a la terraza en auge por aquel entonces, con la firme intención de hacer lo mismo con otros tantos gin-tonic. Teníamos ganas de reír, de bailar y de ligar, por ese orden, y teníamos también la certeza de que conseguiríamos, al menos, dos de tres.


    Sin embargo, en mi caso en concreto, el orden de nuestros deseos se vio invertido bruscamente y  al cabo de apenas unos minutos de llegar al local, ya que, mientras esperaba a ser atendida en la atestada barra, un hombre muy atractivo, que también cultivaba su paciencia mientras intentaba pedir su propia bebida, me hizo un comentario lo suficientemente ingenioso como para atraer toda mi atención y a partir de ese momento ya vino prácticamente todo rodado, así que, desde que mis amigas se percataron de que había ligado, se largaron con viento fresco a seguir su propia ronda y yo me pasé gran parte de la noche charlando, bailando y riendo con Hugo, pues así se llamaba aquel bombón de sonrisa traviesa.


    Cuando cerraron la terraza, los camareros que subían los taburetes a las mesas nos sorprendieron en un rincón saltándonos todas las normas del decoro y nos echaron de allí sin grandes contemplaciones, haciendo uso de la famosa frase “váyanse a un hotel”, así que Hugo y yo corrimos hasta mi apartamento para terminar lo que hacía ya algunas horas que habíamos empezado.


    Luego, pasamos gran parte del domingo metidos en la cama y, al caer la tarde, tuve que hacer un esfuerzo titánico para saltar de ella y explicarle a mi amante que al día siguiente, muy temprano, tenía una importante reunión de trabajo y necesitaba estar fresca y despejada, así que, sintiéndolo mucho, tenía que rogarle que se fuera. Hugo lo entendió y se fue, no sin antes pedirme que intercambiásemos nuestros números de teléfono móvil, así que yo cerré la puerta a su espalda, me desperecé, feliz, y me dirigí al cuarto de baño para asearme un poco antes de empezar a  devolver todas las llamadas con que me habían bombardeado mis amigas a lo largo del día… Y entonces, horror, terror, pavor: al contemplar mi imagen en el espejo casi me dan los siete males, uno detrás de otro, porque la barba inminente y desde luego durísima de mi amante me había despellejado la barbilla cual lija del dos. Espantada, intenté por todos los medios solucionar aquel percance haciéndome un peeling suave, untándome cantidades ingentes de crema hidratante, aplicándome hielo durante un buen rato… pero no hubo forma; a medida que pasaban las horas, el más que evidente restregón ganaba en intensidad y tamaño para convertirse en una enorme costra morada que cubría buena parte de mi mentón. "¡Encima te quejarás!", se burlaron las envidiosas de mis amigas cuando me lamenté del estado de mi desollada barbilla.


    Amaneció el nuevo día y las toneladas de maquillaje tono 'bronceado veraniego muy intenso' al que recurrí para intentar disimular el estropicio sólo consiguieron hacerlo aún más visible, con lo que me resigné a acudir a la reunión de aquella guisa y recé para que mi jefe estuviera tan concentrado en las estadísticas de ventas que ni siquiera levantara la cabeza para mirarme. Sin embargo, lo primero que hizo mi superior cuando entró en la sala de juntas fue observarme detenidamente y exclamar, en tono jocoso: "¡Vaya fiestecita tuvimos el fin de semana, ¿eh?!". Glups.
     

     

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