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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 14
    Mayo
    2014

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    Infiel

    No es que Delia no quisiera a Tomás, simplemente lo conocía ya demasiado, cada gesto, cada mirada, cada maldito silencio. Que los largos años de convivencia habían ido desgastando la delicada capa de pasión, ilusión y romanticismo, hasta dejar tan sólo un pequeño pero sólido corazón de conocimiento mutuo, comodidad y cariño. Que la rutina y la costumbre pesaban demasiado incluso cuando se instalaban en hogares de parejas bien avenidas…


    Además, hacía ya muchos años que Delia había dejado de creer en cuentos de hadas en los que nunca te contaban qué ocurría cuando se terminaban las perdices, y entendido que en el mundo real, ese que quedaba a este lado de un espejo que en realidad no se traspasaba casi nunca, el amor no era una canción melódica, ni un contrato vitalicio, ni siquiera una promesa y muchísimo menos un calentón, sino el fruto de un esfuerzo consensuado y compartido por dos personas con suficiente afinidad como para plantearse acompañarse el uno al otro el resto de sus vidas, o al menos una buena parte de ella. Sin embargo, también era perfectamente consciente de lo frágil que eran las relaciones y hacía tiempo que había asumido que las pasiones venían con fecha de caducidad y el amor, sin garantía.


    Por eso, porque era una realista, algunos incluso dirían que una cínica, que pensaba que los libros de Federico Moccia eran una cursilada muy poco creíble y la saga de Cincuenta Sombras, un estereotipo machista de muy mal gusto, cuando conoció a Vicente Delia no intentó disfrazar su atracción de repentino flechazo y muchísimo menos de amistad, ni se engañó a sí misma asegurándole al espejo que en realidad no había nada de qué preocuparse porque aquello no era más que un inofensivo flirteo, sino que se repitió unas cuantas veces aquello de “ojos que no ven, corazón que no siente” y se permitió a sí misma recuperar una ilusión perdida tanto tiempo atrás, para luego dedicarse a conocerlo, sin prisas pero sin pausa y con la tranquilidad que confiere el hecho de no estar buscando al hombre de su vida, porque en realidad estaba segura de que ya hacía tiempo que lo había encontrado y era aquel que dormía a su lado cada noche.


    Así que Delia pasó algunas semanas tonteando con Vicente, ni más ni menos que el tiempo que necesitó para empezar a desear su tacto y ser capaz de impedir que germinase la semilla de los remordimientos, hasta que un día, después de una cena con el suficiente vino como para diluir la culpa, a la que pudo asistir esgrimiendo en casa una verdad a medias, que siempre eran más creíbles que las mentiras descarnadas, se dijo que de perdidos al río y que sólo se vivía una vez, y aceptó la copa que Vicente le propuso con mirada insinuante.


    Y aunque al cabo de pocas horas, aquella boca le supo extraña hasta al menos el segundo beso y aquel cuerpo se le antojó incómodo durante las primeras caricias, apenas unos minutos después, Delia había aprendido a disfrutar del hecho de que aquella boca y aquel cuerpo no fueran los mismos que había saboreado y tocado durante los últimos años de su vida, y se desprendió de cualquier inhibición o prejuicio que hubieran podido quedar en los oscuros posos de su conciencia, pensando que, al fin y al cabo, ya que se zambullía en la aventura de la infidelidad, no pensaba dejarse atormentar por el tiburón de la culpa, sino que disfrutaría todo lo que pudiese del paisaje marino y los peces de colores, porque si no, más le hubiera valido quedarse en su casa viendo la tele junto a su querido esposo.


    Mucho más tarde, entre las sábanas enredadas de abandono y con la piel desprovista ya de deseo, Delia se sorprendió a sí misma al percatarse de que ni siquiera sentía culpa de no sentirse culpable, pero aún y así descartó inmediatamente la idea cuando su amante le sugirió que volvieran a verse. Al fin y al cabo, una cosa era darse una alegría y otra bien distinta que su marido no pudiese entrar en ninguna parte si la puerta era muy baja.
     

     

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